MEDIO AMBIENTE HUMANO

         La meta del crecimiento cuantitativo  indiscriminado e ilimitado queda cuestionada por la capacidad del medio ambiente natural, altamente interrelacionado, para absorber  el alto grado de interferencia que implica la superproducción material con la tecnología actual. Sin embargo,  en el marco general de reconsideración de los fines del crecimiento junto con el estilo y talante del uso y aprovechamiento de los recursos naturales, quisiera hacer hincapié, no tanto en la  necesidad y conveniencia de la mejora del medio ambiente  natural  (que con tanta razón se estudia y profundiza), como en la  necesidad de mejora del medio ambiente humano. De hecho los estudios sobre el medio ambiente no tienen otra finalidad que lograr  un entorno humano armónico.
         La influencia de estos factores humanos cualitativos sobre el bienestar individual y colectivo es cada vez más relevante si consideramos el continuo y creciente proceso de urbanización que se produce en todo el mundo. La característica fundamental de las grandes urbes es que prácticamente todo lo que se ve a nuestro alrededor es básicamente mineral organizado y por lo tanto el hombre sòlo se encuentra con la vida bajo la forma de sus semejantes. No es difícil entonces caer en el olvido de las condiciones ecológicas de la existencia humana.  Toda la lucha y competencia por la supervivencia o una mejor vida no se orienta hacia la lucha contra otras formas de vida o a dominar la naturaleza sino que hay una mayor tendencia a la competencia fría y distanciada entre  las personas.
          Con todas las matizaciones que la doctrina presenta, podríamos admitir que un crecimiento del PIB real probablemente se traducirá en una mayor abundancia de bienes y servicios públicos y privados, pero lo que no está nada claro es còmo afectará ese crecimiento a la mejora de los bienes relacionales. El reconocimiento, aunque sòlo sea intuitivo, de su posible deterioro permite incorporarlo como un nuevo coste social del crecimiento meramente estadístico. Además, debido a la fuerte influencia de la ortodoxia empírica, la dificultad en la valoración y cuantificación de tal degradación lleva a la minusvaloración de su importancia real y a la adopciòn de una cierta actitud pasiva ante su aparente inevitabilidad.
          Hay un muro, difícilmente franqueable, creado por la inercia de las costumbres humanas que, deslumbradas por el espejismo del “homo aeconomicus”, disfrutador a cada vez más corto plazo, continuamente se autoalimenta y regenera en su carrera cuasimecánica hacia un consumo material cada vez más efímero, variable e instantáneo. Conviene reaccionar ante esta cuestión tan importante. 

ACTUALIDAD DE LA ECONOMÍA POLÍTICA CLÁSICA

Resulta altamente significativo y aleccionador dar un breve repaso a las ideas fundamentales de la llamada Economía Política Clásica porque encontramos recetas y consejos cuya aplicación actual en innumerables países, tras el fracaso histórico del socialismo real, y dando el keynesianismo las últimas bocanadas, resultaría esclarecedor y reconfortante dado el paralelismo institucional en el que se gestaron aquellas ideas. ¡Cuántas décadas perdidas y cuánta miseria que se hubiera podido evitar!

La Economía Clásica adquiere su grandeza al poner de relieve, en el pensamiento económila fuerza connatural que llevan implícitas las instituciones de mercado por su complementariedad e interdependencia. Frente a los errores secundarios de menor relevancia, creo que su acierto fundamental está en la insistencia científica y generalizada de estos economistas en resaltar los efectos beneficiosos de la libertad, propiedad, intercambio, competencia, especialión y apertura de miras en mercados cada vez más abiertos. Quizás sin ser demasiado conscientes de los camique recorrían esas fuerzas quedaron deslumbrados por su poder y se empeñaron diligentemente en su defensa e implanón. Estas fuerzas están tan arraigadas en la naturaleza de las cosas así como en la naturaleza humana que, si se las deja actuar, subsanan muchos errores que se pudieran cometer. Su capacidad innata de unificar y compenetrar en orden a los fines humanos la Tierra, el Trabajo y los instrumentos de Capital capitalizados con el ahorro anterior, hace que su implantaón en una sociedad produzca efectos ventajosos sobre la riqueza de sus miembros.

En aquellas sociedades en que estos principios se han implantado en una determinada etapa de su historia los resultados no se han hecho esperar en términos de aumento de bienestar y prosperidad. Los clásicos consideraban su sistema, basado en estos principios, como algo muy superior en sus implicaciones para la felicidad humana que el sistema de restricción, regulación y control mercantilista que prevalecía en aquellos tiempos. En el marco histórico concreto en que se movieron sus doctrinas tenían un marcado carácter reformista. Protey potenciar estos principios era su meta fundamental. Según su sistema de libertad económica, no se trataba simplede recomendar sencillamente la no interferencia, sino que se trataba de mucho más. Su tarea consistía en eliminar todo aquello que significara obstáculo e impedimento antisocial para liberar de este modo todo el inmenso potencial de libre iniciativa individual pionera. Sus propuestas prácticas se dirigieron, en este sentido, tanto contra los privilegios de compañías y corporeguladas, como contra las restricciones a la movilas restricciones a la importación o los privilegios estatales marcadamente antieconómicos.

Los economistas clásicos fueron la vanguardia de este movimiento general para liberar la originalidad encerrada en la naturaleza humana a través de la cooperación espontánea y solidaria del mercado. La defensa de sus prinla llevaron no sólo frente al intervencionismo estatal equivocado, sino frente a quienes los conculcaron, sea cual fuere su función y pertenecieran al estamento que pertenecieran. En concreto, no fue su teoría una forma de defender los privilegios de los empresarios. A. Smith habla de la generalidad de sus convicciones frente a cualquiera. A los empresarios les criticará especialmente sus intentos de reducir la competencia en beneficio propio buscando privique les permitan recaudar en su favor una especie de impuesto adicional sobre el resto de los ciudadanos. La vulgarización del principio de no intervencioestatal no es correcto aplicarlo a la Economía Política Clásica. El gobierno debía actuar y debía intervepero creando las condiciones para el desarrollo social de las instituciones básicas del mercado. La civilización libeoccidental no se hubiese desarrollado sin esta visión de los economistas clásicos con respecto al papel del Estado en el terreno económico. Los Clásicos le pedían que no se mezclara en lo que, libre y pacíficamente, podían realizar los ciudadanos; pero también le impulsaban a que abriera una senda segura y abierta por la que transitar. No quiera el Estado decirme cuál es mi auténtico interés, mis auténticas finalidades – ya que nadie mejor que yo las conoce – pero sí le exijo que cree las condiciones adecuadas para manifestar y conseguir voluntariamente esas finalidades.

DEMANDAS DINAMICAS CRECIENTES

          Quedan todavía muchos reductos en la economía española donde se aplica la clàsica economía de demanda en la que la empresa se dedica a producir “grosso modo” toda la producción posible suponiendo una demanda estàtica y homogènea. Si rige esta economía de demanda fija, los valores cuantitativos, la eficacia tècnica y el aumento continuado de la producción material homogenea son lo decisivo. El proceso de la revolución industrial clàsica presenta un fuerte componente inercial. Se tiende a extrapolar el mercado de demanda arbitrándose mecanismos artificiales para estimular un consumo que absorba una evidente superproducción.
          Frente a esta economía de demanda emerge con fuerza la llamada economía de oferta en donde pasa a un primer plano la oferta diferenciada y con valor añadido importante. En las empresas se ponen en primer lugar los valores cualitativos y dinàmicos donde la innovación tecnológica y la capacidad de percibir las variaciones del entorno social constituyen las exigencias màs importantes. No es que se dé una sobresaturación de productos sino que el cambio de estilos de vida exige la producción de nuevos productos y servicios. Si se difunde ademàs la educación y aumenta la cultura, las demandas trascienden las necesidades bàsicas y se dirigen hacia bienes que requieren una elaboración màs diversificada y sofisticada. Lo que el consumidor busca en algunos productos y servicios es satisfacer su deseo de manifestación y realización, su autoperfeccionamiento interior. En la sociedad cambiante del conocimiento priman màs los planteamientos que exigen una reconversión continua hacia las nuevas demandas de los mercados.
          El nuevo horizonte de esta sociedad està en la flexibilidad de una oferta que descubre las necesidades cambiantes de la demanda y se pliega a ellas. El valor servicio aparece como el factor emergente y de futuro. Este proceso se ha acelerado ademàs por la globalización e interdependencia crecientes. En pocos años se ha pasado de estructuras sociales que trataban de operar en compartimentos estancos a un modelo en el que la intercomunicación lo penetra todo. Antes se buscaba la autosuficiencia de los agentes económicos y sociales procurando aislarlos o distanciarlos. Hoy en cambio se piensa que la comunicación no perturba sino que enriquece. El conocimiento, y en concreto el mejor conocimiento de las necesidades superiores de la naturaleza humana, se pone en la base y el centro del progreso social y empresarial. Se hacen necesarios los modos de pensar màs dinàmicos, universalistas y humanistas.

ECONOMÍA Y ECOLOGÍA HUMANA

          Para reconducir los problemas ecològicos hacia situaciones màs convenientes, las cada vez màs fecundas ciencia y técnica modernas ofrece multitud de soluciones y alternativas factibles de poner en práctica. Pero todo ese bagaje de resoluciones se enfrenta a un muro, difìcilmente franqueable, creado por la inercia de las costumbres humanas que, deslumbradas por el espejismo del “homo aeconomicus”, disfrutador a cada vez màs corto plazo, continuamente se autoalimenta y regenera en su carrera cuasimecànica hacia un consumo material cada vez màs efìmero, variable e instantàneo. La economìa de mercado por sì misma es neutral respecto a los fines. Las orientaciones son marcadas por los actores con libertad personal. Tal sistema multisecular de libre intercambio orienta automàticamente los recursos productivos hacia el incremento de los flujos de bienes y servicios de mayor demanda. Pero son las personas que toman las decisiones en ese entramado las que deben matizar por el sentido comùn tales flujos y su reordenaciòn.
          La soluciòn de los problemas medioambientales no es ùnicamente un problema tècnico sino fundamentalmente un problema de mejora de conductas humanas, y la dificultad estriba en que las costumbres no cambian fàcilmente ya que se requiere un alto grado de reflexión sobre los fines ùltimos y de autodominio personal, familiar y social. Rectificar el rumbo mecànico de las pautas de conducta masificadas resulta màs complicado y necesario que aportar vìas de mejora tecnològicamente eficientes. Es utòpico pensar en un éxito duradero en el àmbito ecològico sin una profunda transformaciòn de nuestras costumbres e ideas.
          Nuestra civilizaciòn empresarial, mitificando la acumulaciòn material, dando prioridad a la forma sobre el fondo, al presente sobre el futuro, al corto sobre el largo plazo; primando lo efìmero sobre lo perenne y el continente sobre el contenido, no sólo perjudica el ecosistema fìsico-natural sino que està destruyendo las relaciones sociales desinteresadas y está viciando los contactos humanos impregnàndolos de un sentido utilitario que los  vacìa de su sentido contemplativo. Esa visiòn contemplativa serìa aquella que valora simplemente la amistad por la amistad, la conversaciòn por la conversaciòn o el saber por el saber como gustaban de practicar los clàsicos. Para  ellos saber no era poder sino que saber era simplemente saber y el saber en sì mismo era bueno. Tal degradaciòn paulatina de las relaciones humanas y por lo tanto de ese “medio ambiente humano” hay que anotarlo como significativo coste social de las conductas activistas.

NUEVOS PRINCIPIOS ECONÓMICOS

                       NUEVOS PRINCIPIOS ECONÓMICOS [1]
1.- El simplismo del reduccionismo personal del homo economicus que trata de homogeneizar la conducta de todos los agentes.
Una vez que se había profundizado en los dos primeros capítulos  en la inabarcable heterogeneidad interconectada del factor productivo Tierra, así como en la del Trabajo humano ayudado por la riqueza de la variedad -también complementaria- de los instrumentos de Capital, hemos investigado en el capítulo anterior la  abierta complejidad de la persona humana –tanto en sí misma como en sus relaciones sociales-  así como en la flexibilidad de las alternativas de su conducta libre. Todo ello se integra en la variable dinámica temporal siempre presente en la actividad económica y  tiene repercusión directa sobre los patrones de conducta de la actividad económica y sobre algunas aproximaciones y aplicaciones  metodológicas de la teoría. Trataré de demostrar en estos apartados cómo aquellas teorías simplificadoras y reductivas  que no tienen en cuenta la riqueza de la multiplicidad interactuante de la realidad económica facilitan que se cometan errores teóricos que acaban siempre en equivocaciones prácticas de aplicación de la teoría aún más graves.
La toma de conciencia del hecho de que el reduccionismo que sufre la economía representa el principal obstáculo para que entren en la disciplina nuevas ideas y nuevos enfoques acaba representando, de hecho, una peligrosa forma de proteccionismo no sólo frente a la crítica que surge de los hechos, sino también frente a cualquier innovación  que provenga de las otras ciencias sociales.[2]
El presupuesto básico que se aplica con profusión en los razonamientos microeconómicos o macroeconómicos y en los modelos predictivos de resultados es el del paradigma del homo economicus. Éste resulta ser por definición un maximizador racional y egoísta de riqueza neta buscando siempre beneficios o rentas. 
Pues bien, cabe resaltar ahora cómo ese modelo de conducta que habitualmente sigue utilizando ampliamente  la teoría contemporánea de la economía política -clásica y neoclásica- resulta ser una reducción[3]que provoca errores teóricos y prácticos y una  caricatura hipersimplificada[4]de aquella riqueza de contenidos que, según hemos analizado,  tiene la conducta humana en la vida real y que nunca está predeterminada ni sigue patrones unidireccionales.
La toma en consideración de que una comprensión adecuada del moderno proceso económico exige la superación del carácter reduccionista de gran parte de la teoría contemporánea, la cual, precisamente por estar construida sobre una visión distorsionada de la acción humana y de aquello que, motivadamente, se halla en su base, parece no estar en grado de ser relevante para los nuevos problemas que preocupan a nuestras sociedades (desde la degradación medioambiental al aumento sistemático de las desigualdades sociales; desde el sentido de inseguridad que acompaña al aumento de la riqueza a la pérdida de sentido de las relaciones interpersonales; y así sucesivamente).[5]
Frente a ese modelo simplista, frío y egoísta del homo economicus-y en ese dualismo radical inconcebible[6]– se encuentra el modelo del altruista y solidario. Este otro  modelo es el predominante en la ciencia política según el cual todo funcionario al servicio del Estado actúa siempre de acuerdo con el interés general o el interés público buscando el bien colectivo[7]. Es el modelo que Buchanan y Brennan[8] llaman del “déspota benevolente”.
Si bien no estoy de acuerdo con estos dos autores –tal y como razonaré más adelante- en que el homo economicus sea el patrón estándar[9] de conducta humana aplicable con generalidad en economía, sí que coincido plenamente con ellos en el argumento de simetría[10] según el cual debemos aplicar un mismo modelo[11] de conducta humana en todas las ocasiones y circunstancias. Es decir, no podemos seccionar las pautas de actuación según que las personas actúen en el ámbito privado de la economía libre  o en el ámbito público[12] por ejemplo.  Más bien parece lógico pensar que una misma persona -con toda su posible grandeza y también con toda su también posible miseria- actuará con patrones simétricos en todos y cada uno de los lugares en los que desarrolle su actividad.
Sobre bases metodológicas elementales parecería que el mismo modelo de comportamiento humano debería ser aplicado a diferentes instituciones o conjuntos de reglas. (…)
Si se supone que un individuo en el contexto del mercado ejerce los poderes que posee ‑dentro de los límites de las reglas del mercado‑ para maximizar su renta neta, entonces se tiene que suponer también que un individuo en un contexto o escenario político ejerce sus poderes ‑dentro de las reglas de la política‑ de idéntica forma. (…)
Esta clase de enfoque podría llegar a sugerir que los individuos asumen papeles que son institucional‑dependientes, que en política, por ejemplo, las personas asumen un papel como de “hombre de Estado”, mientras que en el mercado asumen papeles de “buscadores de beneficios o ventajas”.
Tanto en el ámbito público como en el ámbito de las relaciones privadas las personas aciertan y sus decisiones pueden ser muy favorables y exitosas desde el punto de vista socioeconómico, pero se equivocan y se pueden corromper igualmente en cualquiera de esos dos contextos. Las repercusiones positivas o negativas sobre los demás y sobre el conjunto social serán mayores cuanto mayores sean sus responsabilidades, poderes y competencias. Si el egoísmo -cerrado siempre en sí mismo-  hace su aparición en numerosas ocasiones en el ámbito empresarial y familiar por ejemplo, también lo hace –en ocasiones con más virulencia- en el campo de las administraciones públicas. Tal y como señala la teoría de la elección pública y la teoría de la burocracia, las notas disonantes y más estridentes de la armonía económico-social provienen en muchas ocasiones de la intervención desmesurada, homogénea y monopolizante del Estado. Parece claro y consistente que es preciso descubrir –aunque sea a tientas y con aproximaciones teóricas interdisciplinares sucesivas y coherentes- un cierto paradigma realista del comportamiento humano en libertad responsable que sea aplicable a todos los ámbitos en los que se vaya manifestando.
Desde hace ya algún tiempo, viene observándose un creciente interés por parte de los economistas en lo que respecta al problema relativo a los presupuestos antropológicos[13] del discursos económico, un discurso que todavía está dominado, de un lado, por una concepción un tanto limitada del bienestar personal así como del bien público, y, del otro lado, por la incapacidad de atribuir relevancia teórica al hecho de que existen en el hombre sentimientos morales (en el sentido empleado por Adam Smith) o bien disposiciones que van más allá del cálculo del interés personal.[14]
Según hemos ido argumentando con anterioridad –especialmente en el capítulo anterior- ese paradigma en ningún caso estará próximo al del homo economicus[15]si queremos acertar en los diagnósticos. Incluso para aquellos economistas que están empeñados en construir una ciencia del comportamiento de carácter positivo y con capacidad predictiva a futuro -ya sea en un contexto político-administrativo  o en uno privado de mercado libre o más o menos regulado- se necesita un paradigma de la conducta humana coherente y consistente con su naturaleza entitativa. En este sentido y como indican los resultados de tantas investigaciones, el homo economicus, como modelo explicativo para toda clase de propósitos, tropieza con muchas dificultades metodológicas teóricas y prácticas.
Operar con hombres abstractos que, a modo de marionetas, se deben guiar por la búsqueda ilustrada del mayor beneficio posible, es el origen de los errores más graves, y a veces incluso funestos, de la economía clásica[16].
Los seres humanos que actúan en las interrelaciones económicas cotidianas no son unos meros optantes que eligen  fríamente sus alternativas maximizando una única variable matematizable.[17]   Esas simplificaciones economicistas de la persona humana -que dan por supuesto que opta continuamente sin más y de forma unidireccional- acaban en graves errores prácticos porque así se acaba seccionando la capacidad de invención y de interdependencia imaginativa que se potencian con la contemplación que hace posible la  reflexión. Con esos criterios teóricos simplistas del homo economicus optante estandarizado -y que maximiza unilateralmente- es imposible conseguir en la práctica la eliminación de la pobreza y el engrandecimiento de la riqueza material y espiritual.
Porque si  hay algo que es patente a estas alturas de la investigación en el presente trabajo -y especialmente en este capítulo-  es que las decisiones económicas en libertad actúan siempre a través de la grandeza original de cada persona concreta y singular con todas sus irrepetibles circunstancias y desde su interioridad inabarcable. Sólo es posible entender la sincronía de la coordinación espontánea de las interacciones económicas si se confía en la capacidad que todos tenemos de responder libremente de forma positiva en cada circunstancia novedosa desde ese recinto personal siempre insustituible. El libre mercado aparece entonces como un  armónico esfuerzo convergente de muchos pocos que unipersonalmente se pronuncian en actos continuados de valoración personal subjetiva. Esas  respuestas positivas y libres de los ciudadanos que se difunden en todo el ámbito de su actuación personal –también en su actuación pública- es lo que coordina el sistema dotándolo de estabilidad predecible en cierto modo.  Y esa coordinación interactiva personal incrementa notablemente la productividad difundiéndola por todo el ecosistema económico. Aunque es prácticamente imposible medirla -tal  y como se ha dicho- sí que podemos afirmar que los tramos decrecientes de las curvas de costes totales, medios y marginales se amplían significativamente gracias a esa productividad incrementada.


[1] Este ensayo breve corresponde al capítulo III del libro “Redes de expansión microeconómica”,
pendiente de publicar en esta misma editorial.
[2] Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), p. 8
[3] La toma de conciencia del hecho de que el reduccionismo que sufre la economía representa el principal obstáculo para que entren en la disciplina nuevas ideas y nuevos enfoques acaba representando, de hecho, una peligrosa forma de proteccionismo no sólo frente a la crítica que surge de los hechos, sino también frente a cualquier innovación  que provenga de las otras ciencias sociales. Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), p. 8
[4] La tesis que me propongo defender en este escrito es que lo que últimamente se encuentra en el origen del reduccionismo económico no es tanto el compromiso de comportamiento autointeresado por parte del sujeto económico ni tampoco el uso predominante, en la elaboración teórica, del paradigma de la racionalidad instrumental. Más bien, el verdadero factor limitador está en el empleo, a menudo acrítico, del individualismo axiológico, es decir, de la concepción filosófica según la cual en la base del actuar económico existiría un individuo que no tendría otras determinaciones que las –bien conocida-  del homo oeconomicus. La propuesta que presento, por tanto, es la de sustituir la noción de individuo por la de persona y, en consecuencia, la de pasar de una prospectiva individualista a una prospectiva relacional. Como escribe Pareyson (1995): «el hombre es una relación; no es que esté en relación, ni que tenga una relación, sino que es una relación, más exactamente una relación con el ser (ontológico), una relación con el otro». Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 8-9.
[5] Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 7-8.
[6] Paralelamente, la igualdad equivale al individualismo radical, el cual se corresponde, como es obvio, con el colectivismo radical. La consideración colectiva uniforme de la sociedad y la consideración de cada hombre como un individuo aislado se reclaman. Es el famoso binomio individuo-Estado, cuya base es la teoría del origen contractual de la sociedad. Estateoría es un mero equívoco. El hombre es social por naturaleza. Sin sociedad no hay posibilidad de vínculo contractual.  Llano.C, Pérez López J.A., Gilder G., Polo L., La vertiente humana del trabajo en la empresa (Madrid: Ediciones Rialp, 1990), p. 78.
[7] Hasta los comienzos del siglo XIX prevalece en la cultura occidental, una línea de pensamiento que concibe el mercado como la institución capaz de conciliar la satisfacción del interés individual y la persecución del bien común. A partir de dicho periodo, por la influencia decisiva ejercida, por un lado, por el utilitarismo de Bentham, y por otro lado, por la Ilustración francesa, toma cuerpo en el discurso económico la antropología hiper-minimalista del homo oeconomicus y con ésta la metodología del atomismo social. La noción de mercado que se impone de este modo es la del mercado como mecanismo asignativo que puede ser estudiado in vacuo, es decir, prescindiendo del tipo de sociedad en que se halla inmerso. Así ha podido suceder que el mercado se convirtiera, incluso en el nivel de la cultura popular, en el lugar idea-típico en el que no hay lugar para la libre expresión de sentimientos morales ni, sobre todo, para la afirmación del valor de vínculo en combinación con los valores de uso y de intercambio. La visión caricaturesca de la naturaleza humana que tal pensamiento ha transmitido ha acabado forzando al economista a elegir entre un planteamiento holístico (o comunitarista) y uno individualista (o liberatorio) –ambos inadecuados, por razones diversas)- como si no existiese otra alternativa posible. Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 66-67.
[8] El homo economicus, el maximizador racional y egoísta de la teoría económica contemporánea, es, creemos, el modelo de comportamiento humano apropiado para los trabajos que pretendan evaluar las distintas clases de instituciones en un orden social. El rasgo central del modelo del homo economicus, en este contexto, es el supuesto de ubicuidad del conflicto entre los agentes de la interacción social. Este supuesto, bajo el que subyace el escepticismo hacia la posesión de poderes, es lo que caracteriza nuestra actitud ‑y la de los economistas clásicos‑ en el diseño de instituciones. Este escepticismo significa que no se puede dar por supuesto que el ejercicio de los poderes discrecionales poseídos por los agentes políticos en cualquier régimen institucional particular serán ejercidos en el interés de los demás, a menos que exista una serie de restricciones en la estructura institucional que aseguran ese efecto. En este sentido, nuestro  modelo se encuentra a una gran distancia del modelo hasta ahora predominante en la ciencia política y que hemos llamado del “déspota bueno o benevolente”, en el que se supone que la persecución del bien común o interés público es la cosa más natural del mundo. Buchanan y Brennan. La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p. 103
[9] Nuestra razón última en defensa del homo economicus es por lo menos tan vieja como Thomas Hobbes. Esta argumentación se basa en la idea de que cuando muchas personas están implicadas en una interacción social, el estrecho empeño egoísta de un grupo de personas inducirá a las demás a hacer otro tanto, aunque solo sea como un medio de protegerse a si mismos contra los miembros de ese grupo. Como decía Hobbes: “Aunque los perversos fueran menos en número que los justos, puesto que no podemos distinguirlos, es necesario recelar, ser cautos, anticiparse, conquistar, defenderse siempre hasta del más honesto y justo”.Buchanan y Brennan, La razón de las normas. . Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p 98
[10] El argumento de simetría sugiere solamente que cualquiera que sea la hipótesis de comportamiento usada, ese modelo tiene que aplicarse a todas las instituciones. El argumento insiste en que es ilegítimo restringir el homo economicus al terreno de los comportamientos de mercado y emplear modelos claramente diferentes en situaciones distintas al del mercado, sin una explicación coherente de cómo tiene lugar ese cambio en la conducta. Buchanan y Brenan,La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p.89
[11] El argumento de simetría puede parecer elemental y evidente, pero su aceptación seguramente es mucho más fácil para aquellos economistas que ya utilizan la conducta homo economicus en sus propios análisis en los mercados. En sentido general, el argumento de simetría no trata de establecer el homo economicus como un modelo apropiado de comportamiento humano. Pueden introducirse modelos alternativos. Buchanan y Brennan, La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p. 89
Este procedimiento no descarta, naturalmente, la posibilidad de que el comportamiento real de instituciones diferentes sea diferente. Lo que excluye es la introducción de conductas diferentes como supuesto analítico. Si los comportamientos reales difieren, ello será atribuible a las diferencias en las reglas, (…)Buchanan y Brennan, La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p.88
[12] Si, por ejemplo, usáramos diferentes supuestos de conducta en el mercado y en el contexto político, no habría modo de aislar los efectos de cambiar las instituciones de los efectos de cambiar los supuestos de comportamiento. De ahí que insistamos en que mantener un modelo de conducta invariable en las instituciones no es otra cosa que aplicar la cláusula “ceteris paribus” al enfocar el tema en cuestión. Buchanan y Brennan, La razón de las normas. . Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p. 87
[13] Conviene resaltar la indisociabilidad de la economía con la antropología y con la ética. No estoy diciendo que la economía y el mercado necesiten y deban tener una superestructura ética y antropológica superpuesta sino mucho más: que la misma economía es ética y antropología y el mercado es, en sí mismo y por definición, ético y manifestación antropológica.
[14] Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), p. 7.
[15] El hecho es que personas con disposiciones virtuosas, actuando en contextos institucionales en los que las reglas del juego son forjadas a partir de la presunción del comportamiento autointeresado (y racional), tienden a obtener resultados superiores respecto a los obtenidos por sujetos movidos por disposiciones egocéntricas. Un claro ejemplo: piénsese en las múltiples situaciones descritas por el dilema del prisionero. Si juegan sujetos no virtuosos –en sentido especificado supra- el equilibrio al que llegan es siempre un resultado suboptimal. Si en cambio quienes juegan son sujetos que atribuyen un valor intrínseco, es decir, no solo instrumental, a lo que hacen, el mismo juego conduce a la solución óptima. Generalizando, el hecho es que el sujeto virtuoso que opera en un mercado que se rige por el solo principio del intercambio de equivalentes «florece» porque hace lo que el mercado premia y valora, incluso si el motivo por el que lo hace no es la consecución del premio. En este sentido, el premio refuerza la disposición interior, porque hace menos «costoso» el ejercicio de la virtud. Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 71-72.
[16] Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, V. I, La Teoría Económica.,  Friedrich A. Hayek, Derecho, Legislación y Libertad.  El orden político de una sociedad libre, V. 3, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1982, p. 146.
[17] El gran crac se produce cuando aparece y se impone la racionalización con las ciencias físicas para explicar todo con sistemas fisicomatemáticos calculadores. El método cartesiano fue el gran iniciador de esa tendencia simplificadora de la realidad humana.
 
Apartado 1 del ensayo breve NUEVOS PRINCIPIOS ECONÖMICOS

INTRODUCCIÓN al Blog JJFranch

                                 INTRODUCCIÓN:   ECONOMÍA A VUELAPLUMA
          La Economía tiene que encontrar el sitio que le corresponde entre las ciencias humanas. No conviene encerrarnos en nuestro mundo especializado y muchas veces incomprensible. Por eso pienso que la Economía no tiene por qué estar reñida con la Literatura. Tampoco tiene por qué estar enfrentada con la Historia, la Psicología, la Política,  el Derecho, la Etica o la Filosofía.
         Veamos un ejemplo en  la  siguiente  cita  de un cuento de  Jorge Luis Borges.  Escribe  en  “El Zahir”: “Dijo Tennyson que si pudiéramos  comprender  una sola  flor sabríamos quiénes somos y qué es el mundo.  Tal vez quiso decir  que no hay hecho, por humilde que sea, que no implique la historia universal y su infinita  concatenación de  efectos y causas.  Tal vez quiso decir que el mundo visible se  da entero en  cada representación, de igual manera que la voluntad, según Schopenhauer, se da entera en cada  sujeto.  Los cabalistas entendieron que el hombre es un microcosmo,  un  simbólico  espejo  del  universo; todo  según Tennyson, lo sería.”
        No he encontrado mejor descripción de la interdependencia, complementariedad y coordinación universal de todo el mundo físico y espiritual, pasado, presente y futuro en que se basa la imposibilidad de control y comprensión humana plena de la Economía. Me atrevería a decir que somos, cada uno, una eternidad que camina despistada por los caminos del hoy cotidiano sin calar en la profunda significación de cada insignificancia. Esos billones de acciones personales diarias son totalmente incognoscibles e incontrolables. Coloquialmente podíamos decir que un estornudo a destiempo de hace dos siglos cambió el rumbo de toda la historia universal futura. En Economía todo es interdependiente.
          Por eso, en esta introducción, prefiero no hablar directamente de Economía, dejar a un lado el pragmatismo económico tan extendido y resaltar la conveniencia y la importancia que tienen para el crecimiento personal, la lectura y la escritura habitual. El escribir, a tiempo y a destiempo, permite desarrollar y potenciar a la vez tanto la actividad docente como la difusión de la actividad investigadora. Quizás por mi fondo optimista confío en la bondad de la difusión y transparencia masiva de las intuiciones y descubrimientos personales aunque desaparezcan de inmediato los posibles beneficios monetarios de la propiedad intelectual.
          Escribiendo se consigue grabar en papel y lanzar al voleo de la comunicación una reflexión personal que puede permanecer viva en la corriente humana de la historia. Escribiendo se intenta eternizar un instante creativo, una inspiración triste, alegre o vibrante y una luz efímera del mundo de las ideas. Es un privilegio reservado sólo a la especie humana. Se escribe poco porque se lee poco y se lee poco porque se escribe todavía menos. Hay que animarse, atreverse, a escribir. Aunque sepamos que sólo lo leerán nuestros incondicionales, nuestros hijos y quizás, lo dudo, los hijos de nuestros hijos. Posiblemente muchas veces sólo nosotros leeremos esas tonterías, pero, aún así, vale la pena. Lo escrito ordena el pensamiento desordenado e incluso caótico y,  a su vez, introduce un sano desorden en nuestras manías y obsesiones rígidas.
          Esos instantes luminosos pero efímeros pueden aparecer en las más dispares circunstancias: en el comentario de un taxista o de un compañero de viaje en un tren de cercanías; al captar al vuelo un comentario político, económico o cultural haciendo un zapeo improvisado y repentino en el dial de la radio o en la televisión; al ojear con prisa o quizás reposadamente las páginas  de opinión en un diario matutino o los comentarios a pie de página de un tratado de Economía; al recordar la crítica brillante de un alumno adelantado o el comentario zoquete de un profesor de alta alcurnia; en la confusión personal por el ridículo ante una pregunta fácil que muchas veces no supe contestar o en la silenciosa excitación que produce descubrir algo que, equivocadamente, creía que era novedoso e importante; en un embelesamiento matrimonial o tras la reflexión conciliadora después de un enfado con ella; en una crítica seria pero impertinente hecha por un mequetrefe de siete años o en un comentario casual del Premio Príncipe de Asturias… o a raíz, como así sucedió tristemente y por eso le dedico el último artículo, del fallecimiento de un ser tan querido como el padre.
         Toda miscelánea es como un serpentín de chispazos intelectuales que aparecen en las más variadas circunstancias. Confío que entre tanta ceniza estéril pueda el lector encontrar en estos artículos algún chispazo monocolor del majestuoso resplandor inabarcable de la serena verdad multicolor.
          No sé si leyendo y  escribiendo conseguiremos aumentar la libertad institucional, pero estoy seguro que a través de la cultura, la educación, la formación y la ética conseguiremos mayor libertad personal y mejor capacidad de autodeterminación flexible. Ganaremos así en flexibilidad, tolerancia y amor a la sabiduría y a la verdad siempre nueva.
          Hecha esta introducción tengo que hacer una confesión: estoy seguro que todo lo aquí escrito es copia, nada es original. Aunque tengo la concepción abierta de la propiedad intelectual que tiene Leonardo Polo según la cual la idea no es sólo de quien la descubre sino de todo aquél que es capaz de comprenderla, procuro siempre en mis escritos citar y dar pistas sobre quién me inspiró esto o aquello. Pero no puedo citar al taxista o  al fontanero; a quien estornudó a destiempo hace dos siglos o al vecino del quinto; a quien inspiró un pensamiento a Carlos Marx o los que lo hicieron a Smith, Ricardo, Marshall o Menger. No puedo citar a todos. Me es imposible reseñar en unas cuantas páginas a quien redactó una noticia que leí en una esquina o al cámara que se fijó en un plano interesante del político de turno o al desconocido que seleccionó las noticias de un telediario. Repito: nada es original. Por eso ruego que todos se tengan por citados. Como estoy convencido que todo lo que escribo  es copia tampoco reclamaré derechos de autor  en mi caso. Personalmente prefiero que me copien. Aunque con una condición fácilmente alcanzable: que la copia mejore siempre el original en una cadena expansiva sin final.
          Sin embargo también conviene decir que todo es nuevo y distinto si consideramos el tiempo y el espacio concreto de cada bombilla humana viviente que se ilumina con una idea y con diferente intensidad en cada momento especial de la vida. Como dijo Gilson “Ninguna relación inteligible entre dos términos pertenece para siempre al pasado;  cada vez que se la comprende, está en el presente.” Para subrayar lo que intento ahora explicar vienen a mi memoria unos versos del poema “East Coker” de Eliot:
                  Dices que estoy repitiendo
                  algo que he dicho antes.
                  Lo volveré a decir.
                 ¿Lo volveré a decir?                    
          Puede usted adivinar leyendo estas letras lo que yo pensaba hace unos días, exactamente el 24 de Enero de 1994 a las 19 horas y seis minutos, cuando estaba gestando y escribiendo estas palabras. Pero lo que yo no sé es lo que le sugerirán a usted esas mismas letras  ni tampoco puede saber usted ahora lo que pienso yo en estos momentos y en qué dirección. Todo es nuevo y nada parece viejo. Pero a su vez todo es viejo y nada parece nuevo. Incluso sobre la  Economía de la que tanto se habla, no sé si por suerte o por desgracia, desde hace más de dos siglos.
          Pero no todo es azar, desorden y caos. Hay un duende universal que planea sobre izquierdas y derechas; sobre modelos o teorías económicas; sobre ideologías científicas o políticas; sobre sexos, razas, edades y procedencias; atrayendo hacia sus principios mágicos a todo aquel que lo vislumbra en su solitaria intimidad. Con mi mentalidad económica profesional quisiera convertirme, a tientas y sin más pretensiones, en vocero cotidiano y tozudo de ese duende universal que atrae hacia su verdad los desarrollos de las diferentes ciencias humanas.
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          El contenido de estos artículos se publicaron en distintos periódicos de información y de información económica especializada, fundamentalmente Diario 16, ya desaparecido, Gaceta de los Negocios y Mediterráneo por orden cronológico inverso, salvo el último por razones obvias ya que es el dedicado a mi padre. También se incluyen y distintas comunicaciones y ponencias en algunos congresos y que son de lectura más especializada.
           Quiero dar las gracias a todos los que confiaron en la viabilidad de este proyecto editorial de Misceláneas personales. También a todos los responsables de opinión de los medios en los que he publicado por tener el atrevimiento, y cometer la insensatez, de publicarlos. También a mi hijo José Juan que ordenó eficazmente todo el desorden informatizado; a Rocío como siempre, y a los innumerables que, como dije antes, debería haber citado. Y gracias en definitiva a quien, desde el principio y con potencia inusitada, infundió un soplo de espíritu y vida en los entresijos más profundos de la materia. Gracias a todos.
                             José Juan Franch Menéu     Economía a vuelapluma