NUEVOS PRINCIPIOS ECONÓMICOS

                       NUEVOS PRINCIPIOS ECONÓMICOS [1]
1.- El simplismo del reduccionismo personal del homo economicus que trata de homogeneizar la conducta de todos los agentes.
Una vez que se había profundizado en los dos primeros capítulos  en la inabarcable heterogeneidad interconectada del factor productivo Tierra, así como en la del Trabajo humano ayudado por la riqueza de la variedad -también complementaria- de los instrumentos de Capital, hemos investigado en el capítulo anterior la  abierta complejidad de la persona humana –tanto en sí misma como en sus relaciones sociales-  así como en la flexibilidad de las alternativas de su conducta libre. Todo ello se integra en la variable dinámica temporal siempre presente en la actividad económica y  tiene repercusión directa sobre los patrones de conducta de la actividad económica y sobre algunas aproximaciones y aplicaciones  metodológicas de la teoría. Trataré de demostrar en estos apartados cómo aquellas teorías simplificadoras y reductivas  que no tienen en cuenta la riqueza de la multiplicidad interactuante de la realidad económica facilitan que se cometan errores teóricos que acaban siempre en equivocaciones prácticas de aplicación de la teoría aún más graves.
La toma de conciencia del hecho de que el reduccionismo que sufre la economía representa el principal obstáculo para que entren en la disciplina nuevas ideas y nuevos enfoques acaba representando, de hecho, una peligrosa forma de proteccionismo no sólo frente a la crítica que surge de los hechos, sino también frente a cualquier innovación  que provenga de las otras ciencias sociales.[2]
El presupuesto básico que se aplica con profusión en los razonamientos microeconómicos o macroeconómicos y en los modelos predictivos de resultados es el del paradigma del homo economicus. Éste resulta ser por definición un maximizador racional y egoísta de riqueza neta buscando siempre beneficios o rentas. 
Pues bien, cabe resaltar ahora cómo ese modelo de conducta que habitualmente sigue utilizando ampliamente  la teoría contemporánea de la economía política -clásica y neoclásica- resulta ser una reducción[3]que provoca errores teóricos y prácticos y una  caricatura hipersimplificada[4]de aquella riqueza de contenidos que, según hemos analizado,  tiene la conducta humana en la vida real y que nunca está predeterminada ni sigue patrones unidireccionales.
La toma en consideración de que una comprensión adecuada del moderno proceso económico exige la superación del carácter reduccionista de gran parte de la teoría contemporánea, la cual, precisamente por estar construida sobre una visión distorsionada de la acción humana y de aquello que, motivadamente, se halla en su base, parece no estar en grado de ser relevante para los nuevos problemas que preocupan a nuestras sociedades (desde la degradación medioambiental al aumento sistemático de las desigualdades sociales; desde el sentido de inseguridad que acompaña al aumento de la riqueza a la pérdida de sentido de las relaciones interpersonales; y así sucesivamente).[5]
Frente a ese modelo simplista, frío y egoísta del homo economicus-y en ese dualismo radical inconcebible[6]– se encuentra el modelo del altruista y solidario. Este otro  modelo es el predominante en la ciencia política según el cual todo funcionario al servicio del Estado actúa siempre de acuerdo con el interés general o el interés público buscando el bien colectivo[7]. Es el modelo que Buchanan y Brennan[8] llaman del “déspota benevolente”.
Si bien no estoy de acuerdo con estos dos autores –tal y como razonaré más adelante- en que el homo economicus sea el patrón estándar[9] de conducta humana aplicable con generalidad en economía, sí que coincido plenamente con ellos en el argumento de simetría[10] según el cual debemos aplicar un mismo modelo[11] de conducta humana en todas las ocasiones y circunstancias. Es decir, no podemos seccionar las pautas de actuación según que las personas actúen en el ámbito privado de la economía libre  o en el ámbito público[12] por ejemplo.  Más bien parece lógico pensar que una misma persona -con toda su posible grandeza y también con toda su también posible miseria- actuará con patrones simétricos en todos y cada uno de los lugares en los que desarrolle su actividad.
Sobre bases metodológicas elementales parecería que el mismo modelo de comportamiento humano debería ser aplicado a diferentes instituciones o conjuntos de reglas. (…)
Si se supone que un individuo en el contexto del mercado ejerce los poderes que posee ‑dentro de los límites de las reglas del mercado‑ para maximizar su renta neta, entonces se tiene que suponer también que un individuo en un contexto o escenario político ejerce sus poderes ‑dentro de las reglas de la política‑ de idéntica forma. (…)
Esta clase de enfoque podría llegar a sugerir que los individuos asumen papeles que son institucional‑dependientes, que en política, por ejemplo, las personas asumen un papel como de “hombre de Estado”, mientras que en el mercado asumen papeles de “buscadores de beneficios o ventajas”.
Tanto en el ámbito público como en el ámbito de las relaciones privadas las personas aciertan y sus decisiones pueden ser muy favorables y exitosas desde el punto de vista socioeconómico, pero se equivocan y se pueden corromper igualmente en cualquiera de esos dos contextos. Las repercusiones positivas o negativas sobre los demás y sobre el conjunto social serán mayores cuanto mayores sean sus responsabilidades, poderes y competencias. Si el egoísmo -cerrado siempre en sí mismo-  hace su aparición en numerosas ocasiones en el ámbito empresarial y familiar por ejemplo, también lo hace –en ocasiones con más virulencia- en el campo de las administraciones públicas. Tal y como señala la teoría de la elección pública y la teoría de la burocracia, las notas disonantes y más estridentes de la armonía económico-social provienen en muchas ocasiones de la intervención desmesurada, homogénea y monopolizante del Estado. Parece claro y consistente que es preciso descubrir –aunque sea a tientas y con aproximaciones teóricas interdisciplinares sucesivas y coherentes- un cierto paradigma realista del comportamiento humano en libertad responsable que sea aplicable a todos los ámbitos en los que se vaya manifestando.
Desde hace ya algún tiempo, viene observándose un creciente interés por parte de los economistas en lo que respecta al problema relativo a los presupuestos antropológicos[13] del discursos económico, un discurso que todavía está dominado, de un lado, por una concepción un tanto limitada del bienestar personal así como del bien público, y, del otro lado, por la incapacidad de atribuir relevancia teórica al hecho de que existen en el hombre sentimientos morales (en el sentido empleado por Adam Smith) o bien disposiciones que van más allá del cálculo del interés personal.[14]
Según hemos ido argumentando con anterioridad –especialmente en el capítulo anterior- ese paradigma en ningún caso estará próximo al del homo economicus[15]si queremos acertar en los diagnósticos. Incluso para aquellos economistas que están empeñados en construir una ciencia del comportamiento de carácter positivo y con capacidad predictiva a futuro -ya sea en un contexto político-administrativo  o en uno privado de mercado libre o más o menos regulado- se necesita un paradigma de la conducta humana coherente y consistente con su naturaleza entitativa. En este sentido y como indican los resultados de tantas investigaciones, el homo economicus, como modelo explicativo para toda clase de propósitos, tropieza con muchas dificultades metodológicas teóricas y prácticas.
Operar con hombres abstractos que, a modo de marionetas, se deben guiar por la búsqueda ilustrada del mayor beneficio posible, es el origen de los errores más graves, y a veces incluso funestos, de la economía clásica[16].
Los seres humanos que actúan en las interrelaciones económicas cotidianas no son unos meros optantes que eligen  fríamente sus alternativas maximizando una única variable matematizable.[17]   Esas simplificaciones economicistas de la persona humana -que dan por supuesto que opta continuamente sin más y de forma unidireccional- acaban en graves errores prácticos porque así se acaba seccionando la capacidad de invención y de interdependencia imaginativa que se potencian con la contemplación que hace posible la  reflexión. Con esos criterios teóricos simplistas del homo economicus optante estandarizado -y que maximiza unilateralmente- es imposible conseguir en la práctica la eliminación de la pobreza y el engrandecimiento de la riqueza material y espiritual.
Porque si  hay algo que es patente a estas alturas de la investigación en el presente trabajo -y especialmente en este capítulo-  es que las decisiones económicas en libertad actúan siempre a través de la grandeza original de cada persona concreta y singular con todas sus irrepetibles circunstancias y desde su interioridad inabarcable. Sólo es posible entender la sincronía de la coordinación espontánea de las interacciones económicas si se confía en la capacidad que todos tenemos de responder libremente de forma positiva en cada circunstancia novedosa desde ese recinto personal siempre insustituible. El libre mercado aparece entonces como un  armónico esfuerzo convergente de muchos pocos que unipersonalmente se pronuncian en actos continuados de valoración personal subjetiva. Esas  respuestas positivas y libres de los ciudadanos que se difunden en todo el ámbito de su actuación personal –también en su actuación pública- es lo que coordina el sistema dotándolo de estabilidad predecible en cierto modo.  Y esa coordinación interactiva personal incrementa notablemente la productividad difundiéndola por todo el ecosistema económico. Aunque es prácticamente imposible medirla -tal  y como se ha dicho- sí que podemos afirmar que los tramos decrecientes de las curvas de costes totales, medios y marginales se amplían significativamente gracias a esa productividad incrementada.


[1] Este ensayo breve corresponde al capítulo III del libro “Redes de expansión microeconómica”,
pendiente de publicar en esta misma editorial.
[2] Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), p. 8
[3] La toma de conciencia del hecho de que el reduccionismo que sufre la economía representa el principal obstáculo para que entren en la disciplina nuevas ideas y nuevos enfoques acaba representando, de hecho, una peligrosa forma de proteccionismo no sólo frente a la crítica que surge de los hechos, sino también frente a cualquier innovación  que provenga de las otras ciencias sociales. Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), p. 8
[4] La tesis que me propongo defender en este escrito es que lo que últimamente se encuentra en el origen del reduccionismo económico no es tanto el compromiso de comportamiento autointeresado por parte del sujeto económico ni tampoco el uso predominante, en la elaboración teórica, del paradigma de la racionalidad instrumental. Más bien, el verdadero factor limitador está en el empleo, a menudo acrítico, del individualismo axiológico, es decir, de la concepción filosófica según la cual en la base del actuar económico existiría un individuo que no tendría otras determinaciones que las –bien conocida-  del homo oeconomicus. La propuesta que presento, por tanto, es la de sustituir la noción de individuo por la de persona y, en consecuencia, la de pasar de una prospectiva individualista a una prospectiva relacional. Como escribe Pareyson (1995): «el hombre es una relación; no es que esté en relación, ni que tenga una relación, sino que es una relación, más exactamente una relación con el ser (ontológico), una relación con el otro». Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 8-9.
[5] Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 7-8.
[6] Paralelamente, la igualdad equivale al individualismo radical, el cual se corresponde, como es obvio, con el colectivismo radical. La consideración colectiva uniforme de la sociedad y la consideración de cada hombre como un individuo aislado se reclaman. Es el famoso binomio individuo-Estado, cuya base es la teoría del origen contractual de la sociedad. Estateoría es un mero equívoco. El hombre es social por naturaleza. Sin sociedad no hay posibilidad de vínculo contractual.  Llano.C, Pérez López J.A., Gilder G., Polo L., La vertiente humana del trabajo en la empresa (Madrid: Ediciones Rialp, 1990), p. 78.
[7] Hasta los comienzos del siglo XIX prevalece en la cultura occidental, una línea de pensamiento que concibe el mercado como la institución capaz de conciliar la satisfacción del interés individual y la persecución del bien común. A partir de dicho periodo, por la influencia decisiva ejercida, por un lado, por el utilitarismo de Bentham, y por otro lado, por la Ilustración francesa, toma cuerpo en el discurso económico la antropología hiper-minimalista del homo oeconomicus y con ésta la metodología del atomismo social. La noción de mercado que se impone de este modo es la del mercado como mecanismo asignativo que puede ser estudiado in vacuo, es decir, prescindiendo del tipo de sociedad en que se halla inmerso. Así ha podido suceder que el mercado se convirtiera, incluso en el nivel de la cultura popular, en el lugar idea-típico en el que no hay lugar para la libre expresión de sentimientos morales ni, sobre todo, para la afirmación del valor de vínculo en combinación con los valores de uso y de intercambio. La visión caricaturesca de la naturaleza humana que tal pensamiento ha transmitido ha acabado forzando al economista a elegir entre un planteamiento holístico (o comunitarista) y uno individualista (o liberatorio) –ambos inadecuados, por razones diversas)- como si no existiese otra alternativa posible. Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 66-67.
[8] El homo economicus, el maximizador racional y egoísta de la teoría económica contemporánea, es, creemos, el modelo de comportamiento humano apropiado para los trabajos que pretendan evaluar las distintas clases de instituciones en un orden social. El rasgo central del modelo del homo economicus, en este contexto, es el supuesto de ubicuidad del conflicto entre los agentes de la interacción social. Este supuesto, bajo el que subyace el escepticismo hacia la posesión de poderes, es lo que caracteriza nuestra actitud ‑y la de los economistas clásicos‑ en el diseño de instituciones. Este escepticismo significa que no se puede dar por supuesto que el ejercicio de los poderes discrecionales poseídos por los agentes políticos en cualquier régimen institucional particular serán ejercidos en el interés de los demás, a menos que exista una serie de restricciones en la estructura institucional que aseguran ese efecto. En este sentido, nuestro  modelo se encuentra a una gran distancia del modelo hasta ahora predominante en la ciencia política y que hemos llamado del “déspota bueno o benevolente”, en el que se supone que la persecución del bien común o interés público es la cosa más natural del mundo. Buchanan y Brennan. La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p. 103
[9] Nuestra razón última en defensa del homo economicus es por lo menos tan vieja como Thomas Hobbes. Esta argumentación se basa en la idea de que cuando muchas personas están implicadas en una interacción social, el estrecho empeño egoísta de un grupo de personas inducirá a las demás a hacer otro tanto, aunque solo sea como un medio de protegerse a si mismos contra los miembros de ese grupo. Como decía Hobbes: “Aunque los perversos fueran menos en número que los justos, puesto que no podemos distinguirlos, es necesario recelar, ser cautos, anticiparse, conquistar, defenderse siempre hasta del más honesto y justo”.Buchanan y Brennan, La razón de las normas. . Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p 98
[10] El argumento de simetría sugiere solamente que cualquiera que sea la hipótesis de comportamiento usada, ese modelo tiene que aplicarse a todas las instituciones. El argumento insiste en que es ilegítimo restringir el homo economicus al terreno de los comportamientos de mercado y emplear modelos claramente diferentes en situaciones distintas al del mercado, sin una explicación coherente de cómo tiene lugar ese cambio en la conducta. Buchanan y Brenan,La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p.89
[11] El argumento de simetría puede parecer elemental y evidente, pero su aceptación seguramente es mucho más fácil para aquellos economistas que ya utilizan la conducta homo economicus en sus propios análisis en los mercados. En sentido general, el argumento de simetría no trata de establecer el homo economicus como un modelo apropiado de comportamiento humano. Pueden introducirse modelos alternativos. Buchanan y Brennan, La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p. 89
Este procedimiento no descarta, naturalmente, la posibilidad de que el comportamiento real de instituciones diferentes sea diferente. Lo que excluye es la introducción de conductas diferentes como supuesto analítico. Si los comportamientos reales difieren, ello será atribuible a las diferencias en las reglas, (…)Buchanan y Brennan, La razón de las normas. Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p.88
[12] Si, por ejemplo, usáramos diferentes supuestos de conducta en el mercado y en el contexto político, no habría modo de aislar los efectos de cambiar las instituciones de los efectos de cambiar los supuestos de comportamiento. De ahí que insistamos en que mantener un modelo de conducta invariable en las instituciones no es otra cosa que aplicar la cláusula “ceteris paribus” al enfocar el tema en cuestión. Buchanan y Brennan, La razón de las normas. . Economía política constitucional (Madrid: Unión Editorial, 1987), p. 87
[13] Conviene resaltar la indisociabilidad de la economía con la antropología y con la ética. No estoy diciendo que la economía y el mercado necesiten y deban tener una superestructura ética y antropológica superpuesta sino mucho más: que la misma economía es ética y antropología y el mercado es, en sí mismo y por definición, ético y manifestación antropológica.
[14] Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), p. 7.
[15] El hecho es que personas con disposiciones virtuosas, actuando en contextos institucionales en los que las reglas del juego son forjadas a partir de la presunción del comportamiento autointeresado (y racional), tienden a obtener resultados superiores respecto a los obtenidos por sujetos movidos por disposiciones egocéntricas. Un claro ejemplo: piénsese en las múltiples situaciones descritas por el dilema del prisionero. Si juegan sujetos no virtuosos –en sentido especificado supra- el equilibrio al que llegan es siempre un resultado suboptimal. Si en cambio quienes juegan son sujetos que atribuyen un valor intrínseco, es decir, no solo instrumental, a lo que hacen, el mismo juego conduce a la solución óptima. Generalizando, el hecho es que el sujeto virtuoso que opera en un mercado que se rige por el solo principio del intercambio de equivalentes «florece» porque hace lo que el mercado premia y valora, incluso si el motivo por el que lo hace no es la consecución del premio. En este sentido, el premio refuerza la disposición interior, porque hace menos «costoso» el ejercicio de la virtud. Zamagni, Stefano, Heterogeneidad motivacional y comportamiento económico. Inst. de Investigaciones Económicas y Sociales «Francisco de Vitoria» (Madrid: Unión Editorial, 2006), pp. 71-72.
[16] Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, V. I, La Teoría Económica.,  Friedrich A. Hayek, Derecho, Legislación y Libertad.  El orden político de una sociedad libre, V. 3, Madrid, Unión Editorial, S.A., 1982, p. 146.
[17] El gran crac se produce cuando aparece y se impone la racionalización con las ciencias físicas para explicar todo con sistemas fisicomatemáticos calculadores. El método cartesiano fue el gran iniciador de esa tendencia simplificadora de la realidad humana.
 
Apartado 1 del ensayo breve NUEVOS PRINCIPIOS ECONÖMICOS

SOBRE EL DERECHO DE LA COMPETENCIA

      SOBRE EL DERECHO DE LA COMPETENCIA[1]
Economía y Derecho de la competencia como manifestación del precio justo
1.-       Sobre el derecho de la competencia a la luz de Tomás de Mercado.
Pienso que no tiene desperdicio lo que hace no mucho tiempo se presentó casualmente como una sorpresa intelectual[2]para mí, al constatar la importancia –también para nuestros días- de lo que estaba escrito en el capítulo  VIII titulado Cuál es el justo precio, donde no hay tasa, y de los monipodios y ventas ilícitas. Allí se decía (pongo en negrita lo que en aquel momento tanto me sorprendió) que:
Véndese una piedra que demás de su precio común, según su claridad y resplandor, y cantidad, tiene alguna particular virtud para la hijada, o para la sangre, o para la vista, como sea virtud, que no suelen tener otras de su misma especie, y natura, no hay mucho escrúpulo en callarlo, cuando la compre. Basta dar por ella lo que comúnmente suele valer. Todo esto se ha dicho en declaración de aquella partícula, que no haya engaño en la venta, el cual podría haber principalmente en la ropa. Deste hemos hablado hasta agora, fuera del cual suele haber otro (conviene a saber) que se conciertan los mercaderes, de no abajar de tanto (que llamamos los Castellanos monipodio) vicio abominable, y aborrecible a todo género de gente, porque es muy perjudicial, tirano, y dañoso, y por tal condenado en todas leyes. [3]
Una vez dejado bien sentado que la concertación de precios entre mercaderes es un atentado grave para el buen funcionamiento de los mercados y que ya entonces estaba penado por las leyes en tanto en cuanto es un atentado a la justicia perturbando gravemente el precio justo, sigue diciendo nuestro autor explicando con más detalle esta cuestión:
[195] Lo primero en el Código sub rub. de monipodis, se vedan con graves penas, y se manda, sean confiscados todos sus bienes, y desterrados perpetuamente, do se cuentan, y numeran varios modos de hacerlos. El uno entre mercaderes, en alguna especie de ropa. El otro entre oficiales, como entre albañiles, y canteros. Si queriendo, hacer una fábrica, alguna obra prolija, se concertasen entre sí, no hacerla sino por tanto. También si después de comenzada desagradase el oficial al cabildo, y buscando otro, los cohechase, que ninguno la hiciese. A todos estos manda castigar, como a personas perniciosas en la república. Y en las leyes del reino, el rey don Alonso el onzeno título 7. de los mercaderes, en la partida quinta, ordenó en este punto, una, cuyo tenor, y sentencia a la letra es ésta. Cotos, y posturas ponen los mercaderes entre sí, haciendo juros, y cofradías, que se ayuden unos a otros, poniendo precio entre sí, por cuánto vendan la vara, por cuánto dé otrosí, el peso, medida, de cada una de las otras cosas.
Y para resaltar aún más la importancia del asunto en cuanto al saneamiento de las relaciones comerciales, sigue diciendo:
[196] Otrosí, los menestrales, ponen coto entre sí, por cuánto precio den cada una de las cosas que hacen de sus menesteres. Otrosí hacen posturas, que otro ninguno labre de sus menesteres, sino de aquellos que viven en sus compañías. Y aún ponen coto en otra manera, que no muestren sus menesteres, sino a los descendientes de su linaje. Y porque se siguen algunos males, donde defendemos, que tales cofradías, posturas, y cotos (como éstos) ni otros semejantes a ellos, no sean puestos sin sabiduría, y otorgamiento del rey. Y todos los que pusieren, pierdan todo cuanto tuvieren, y sea del rey, y sean echados de la tierra para siempre. Y aun en conciencia tiene este negocio tan manifiesta injusticia, que sin mucho discurso, se entiende que es género de fuerza, y violencia que hacen a los que mercan concertarse ellos entre sí, y que compelen consecuentemente a los otros que no pueden no mercar, a darles cuanto ellos piden. Así están obligados a restituir todo lo que moralmente se cree, valiera menos, o bajara del precio, que ellos pusieron, que no es oscuro de entender ni de tasar, considerado el discurso de la feria, o de la venta si hubo mucha o poca ropa, o muchos, o pocos mercantes. Lo que ejemplifiqué en este contrato, entiendo en todos los demás, que expresa la ley real que referimos. Y soy de parecer que en detestación, y pena de su culpa, pecase la tasa por carta de más, que será un muy justo pecado.
Se observa por lo tanto que no es una cuestión anecdótica de lo que estaba tratando sino un asunto de gran importancia porque de hecho continúa insistiendo aún más:
[197] Lo mismo se entiende, de los que compran, si se conciertan de no dar más. Como si llegando una flota de extranjeros, o de naturales a un puerto, los de la tierra pusiesen entre sí, de no dar por la ropa sino tal precio. Digo si los de tierra, entiéndese todos juntos, o los más dellos, o los más principales, que como sean tales, y los más gruesos y caudalosos, en aquel trato aunque sean pocos casi son todos (como entre quien anda, y juega la mayor parte de la negociación). Lo mismo se entiende de lo que se pone en almoneda: almojarifazgos, diezmos, si se confederasen los que pueden haberlos de no subir de tantos cuentos o si uno o dos, o más rogasen y sobornasen a otros, que no pujasen, y que desistiesen del arrendamiento, sería monipodio. Lo mismo también se entiende, en las almonedas más menudas de casas, caballos, alhajas, como sucede, mil veces en ésas, que cada día hay de difuntos. Nadie puede concertarse, con otro que no puje. Y pecase muchas veces en esto, más de lo que se piensa, porque se hace más mal del que parece. Porque en este género de venta pública, comúnmente se vende menos de lo que vale, pero tiene en contrapeso una ventura de darse, por mucho más, por porfía, y cabecear de los que van pujando. Y quitarle éste, por ventura al miserable que se expuso a perder, es grave mal. Todo esto de los monipodios se entiende, si la una de las partes no se hubiere adelantado y madrugado a ser ruin. Como si los vendientes se confederasen no dar la mercancía si no de tanto arriba, podrían los mercantes hacerse a otra de no dar, si no de tanto abajo. Aunque cuando esto se hiciese, tendrían gran culpa, los gobernadores, si no tomasen a los primeros y los castigasen, como mandan sus leyes.[4]
En cualquier caso también se debe señalar que en aquella época primaba la visión mercantilista y estatal[5]sobre la desregulación y la libre competencia en bienes y servicios considerados relevantes para el funcionamiento del reino, cosa que, por otra parte,  también ocurre hoy en día en muchos ámbitos intelectuales y en muchos países.  En este sentido, por ejemplo, tenía Mercado una visión negativa de los monopolios privados y de los privilegios privados como así mismo ocurre ahora. La prevención hacia el poder económico concentrado era patente ya entonces y esa prevención está implícita actualmente en todo lo referente al control de las fusiones y concentraciones empresariales en general, legislación que es cada vez más importante en todo el entramado legislativo del Derecho de la Competencia. Aunque los principios estaban planteados en el siglo XVI, sin embargo, pervivía una inercia y una deriva hacia lo público y por lo tanto estaban muy extendidas las tarifas y un mirar con recelo a lo privado. Es ésta una actitud que todavía se da en la actualidad pero que el Derecho de la competencia trata de modernizar poniéndose en vanguardia de la eficiencia y el dinamismo empresarial.
Por todo lo dicho al respecto hasta ahora, cabe concluir sin temor a equivocarnos que más de 300 años antes que se promulgara la Ley Sherman en los Estados Unidos (1890) -que tanto influyó durante el siglo XX en el mundo occidental y que continúa haciéndolo in crescendo en nuestro siglo XXI- estaba presente en la teoría y práctica del siglo XVI español el núcleo fundamental de las conductas colusorias y desleales así como los abusos de posiciones dominantes. Eran ya conscientes entonces de que el mercado corrupto -el que no cumple las leyes económicas de competencia porque se practican conductas colusorias prohibidas o abusos de posiciones dominantes- deja de ser mercado auténtico. En realidad  no es mercado. El fair play es consustancial al mercado. Corrupción económica no es otra cosa que llevar a la práctica conductas anticompetitivas. La concertación de voluntades negativas y anticompetitivas así como los abusos y deslealtades desde posiciones preeminentes –y también las deslealtades y engaños que aparentemente pudieran ser menos significativas para los mercados-   son       –tanto entonces como ahora como en la época romana por ejemplo- manifestación y causa del precio injusto.
Todos estos maestros se pronunciaron también por la libertad económica y declararon que el precio moralmente justo es el formado de acuerdo con la oferta y la demanda, con exclusión de violencia, engaño o dolo, y siempre que haya suficiente número de compradores y vendedores, es decir, en ausencia de situaciones de monopolioque estos doctores tenían por un crimen.[6]
Y todavía se puede afirmar mucho más, porque no sólo en las leyes del reino   -en las que  como se ha dicho y citado el rey don Alfonso once en la partida quinta  título 7 de los mercaderes ordenó en este punto lo indicado anteriormente-, sino que investigaciones posteriores me llevaron a corroborar que también en el Código Justiniano, en el Digesto, hay referencias claras        –como no podía ser de otro modo- al monopolio (monipodis) donde se habla del artificio de la gestión de los negocios y se dice: conventu negotiatorum illicito, vel ergolarum, nec non habeantorum prohibitis, et pactionibus illicitis. [7] 
Además, tal y como también nos relata Julio Pascual y Vicente[8]:
En el Tratado VIII de la Guía de Alcaldes y Ayuntamientos[9], que trata, entre otros de los delitos contra el orden público, hay un apartado que lleva por título “Del monopolio” y textualmente dice así: “Este delito (el monopolio, no con su significado actual, sino con el que daba a la palabra “monipodio” Tomás de Mercado) ataca también, aunque indirectamente, al orden público. Consiste en un convenio que varios hacen para estancar los géneros o artículos de que se proveen los pueblos, y con el objeto de impedir que bajen los precios. Su gravedad es conocida desde luego, así como la odiosidad que lleva consigo por ser hija de la vil codicia… Puede ser considerado además como un acto de monopolio el acuerdo de los menestrales y jornaleros de no trabajar sino por cierto estipendio. Las autoridades que consienten o toleran los monopolios están sujetas a una grave multa, según la ley que insertamos seguidamente, como única que rige sobre l materia, y su letra es como sigue[10]..
Por todo ello, se puede bien decir que eran ya entonces conscientes –aunque no con el detalle y la sofisticación con que se hace en el mundo occidental actual- de que los diferentes mercados necesitan de la confianza y de la solvencia acreditada de que los precios sean precios justos y que no deben concertarse los operadores ni abusar de su poder dominante. La justicia en los precios de los diferentes bienes y servicios no es un adorno sobreañadido para dotar de bondad a las relaciones comerciales, sino que se convierte en una cualidad tan intrínsecamente unida al intercambio comercial que  éste queda viciado de raíz si esa justicia brilla por su ausencia. Si en los mercados competitivos los precios dejan de ser justos, ni los precios son verdaderos precios, ni aquellos mercados son verdaderamente competitivos.  Por eso son perniciosas las conductas colusorias prohibidas y los abusos desde posiciones dominantes, así como las deslealtades. Entendían -creo yo- lo que con lenguaje actual diríamos: que la mejora en la actividad económica de todos los operadores, también de los potenciales, requiere un marco común de reglas generales que garantice la necesaria, y conveniente para todos, unidad de mercado sin presiones coactivas, sin engaños, sin discriminaciones ni privilegios económicos, financieros, administrativos, regionales, fiscales o de cualquier otro tipo.


[1] Este ensayo pertenece al capítulo V del libro Justicia y Economía. Hayek y la Escuela de Salamanca, pendiente de publicar en esta misma editorial y que tiene su origen en  el capítulo V de mi tesis doctoral en Derecho que lleva por título Justicia y Economía en Francisco de Vitoria, Domingo de Soto y Tomás de Mercado. Proyecciones y paralelismos actuales en Friedrich A. Hayek  y que fue dirigida por el Académico Dr. Jose Luis Pérez de Ayala y López de Ayala.
[2]
[3]   Tomás de Mercado, Suma Tratos y Contratos. Madrid, Editora Nacional,  [194] p. 182.
[4]   Tomás de Mercado, Suma Tratos y Contratos. Madrid, Editora Nacional, [195] [196] [197], pp. 182 -184.
[5]  No es difícil confirmar por ejemplo a lo largo de la historia cómo existía una búsqueda continua de monopolios estatales primero y monopolios empresariales después así como una cierta lucha entre ellos. . Señala Isabel Riquer por ejemplo: Portugal se quedó con el monopolio del clavo y las guerras con los indígenas de la Molucas y las Islas de la Banda se hicieron frecuentes. Pigafetta Antonio, El primer viaje alrededor del mundo. Relato de la expedición de Magallanes y Elcano, (T.O. II primo viaggo interno al mondo) Isabel de Riquer, Barcelona, Ediciones B, S.A., 1999, p. 24.
[6]   Cfr. Domingo de Soto. De iustitia et iure.Iniquidad del monopolio. Rafael Termes,  Antropología del capitalismo. Un debate abierto (Actualidad y Libros, S.A. – Plaza & Janes Editores, 1992) pp. 86-87
[7]   Código Justiniano:C 4, 59 C4, 44  c4 60, 61,62,63
[8]  Julio Pascual y Vicente. “Los más antiguos antecedentes conocidos de legislación antitrust son españoles. Noticia documentada sobre los antecedentes históricos de la legislación antitrust”. Publicado enLa Gaceta Jurídica de la Unión Europea y de la Competencia,”  nº 226, julio/agosto, 2003.
[9]  Francisco Jorje Torres, Guía de Alcaldes y Ayuntamientos ó Recopilación metódica en que se consignan cuantos deberes y atribuciones competen á los Alcaldes y Ayuntamientos, Imprenta de Corrales y Compañía, Editores, Madrid, 1847 (el texto de la Real Orden citada figura en el frontispicio del libro). He encontrado esta joya bibliográfica en la biblioteca de mi esposa, Kuka Sequeros López, que heredó un ejemplar de su abuelo paterno, el humanista salmantino, licenciado en Derecho y Filosofía y Farmacia, D. Francisco Sequeros Herrero”. Julio Pascual y Vicente. “Los más antiguos antecedentes conocidos de legislación antitrust son españoles. Noticia documentada sobre los antecedentes históricos de la legislación antitrust”. En La Gaceta Jurídicade la Unión Europeay de la Competencia,”, nº 226, julio/agosto, 2003.
[10]A continuación, figura el texto legal vigente en 1847 en España al respecto, que no era sino ¡la Partida 5ª del Título 7, “De los mercaderes!, que Tomás de Mercado citaba en el siglo XVI como norma vigente y que se remontaba a “Alonso el onzeno”. Por su interés, se reproduce seguidamente el texto completo de la citada norma, originada previsiblemente en el siglo XIV en Castilla y León y vigente aún en España en 1847, tomada de la citada Guía (p381):
Ley 2 ª, Título 7, Partida 5ª
De los cotos é las posturas que ponen
Los mercaderes entre sí faciendo juras é cofradías
            Cotos é posturas ponen los mercaderes entre sí, faciendo juras é cofradías, que se ayuden unos a otros, poniendo precio entre sí, por cuanto den la vara de cada paño, é por cuanto den otro si el peso, é la medida de cada una de las otras cosas, é non menos. Otro sí los menestrales ponen coto entre sí por cuanto precio den cada una de las cosas que facen de sus menesteres. Otro sí facen posturas, que dotro ninguno non labre de sus menesteres, si non aquellos que ellos reciben en sus compañías. E aunque aquellos que así fueren recibidos, que non acaben el uno de lo que el otro obiere comenzado. E aun ponen coto en otra manera que non muestren sus menesteres á otros, si non aquellos que descendieren de sus linajes dellos mismos. E porque se siguen muchos males dende, defendemos, que tales cofradías, é posturas, é cotos, como estos sobredichos, nin otros semejantes dellos, non sean puestos sin sabiduría é otorgamiento del rey, é si los pusieren, que no valan. E todos cuantos de aquí adelante los pusieren pierdan todo cuanto que obieren é sea del rey. E aun demas desto, sean echados de la tierra para siempre. Otro sí decimosque los judgadores mayores de la villa, si consintieren que tales cotos sean puestos, ó si después que fueren puestos, no los ficiesen desfacer, si lo sopieran, ó non lo enviaren decir al rey, que los desfaga, que deban pechar al rey cincuenta libras de oro.
 
 
Este es el apartado 1 del ensayo breve SOBRE EL DERECHO DE LA COMPETENCIA
 

                                         

 

TRABAJO EN RED Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

1.- El trabajo humano como acción e interacción complementaria.
Explicada con anterioridad en sus causas -y constatada- aquella universal división y diferenciación de los bienes con los que el hombre se encuentra –si bien en estado amorfo e inacabado- en la Naturaleza, y habiendo reflexionado e investigado en el ensayo anterior sobre la estructura intocable pero sorprendente de la realidad con su inmensa variedad concatenada del universo del factor productivo Tierra, corresponde fijarnos en otro aspecto que también considero crucial para entender la macrovisión del actuar humano en esta etapa del caminar terreno fatigoso tratando de superar los distintos estadios de pobreza que se puedan ir presentando. Se trata ahora de centrar nuestra atención analítica en la importancia que tiene para la productividad la enorme variedad –también complementaria y concatenada- del Trabajo humano, e investigar a su vez  las grandes diferencias de los instrumentos de capital que la humanidad ha ido  utilizando desde los más remotos tiempos  y que seguirá utilizando hasta el final de los tiempos para potenciar su capacidad de transformación de los recursos materiales planetarios en orden a sus fines y objetivos.
Si la variedad complementaria del Trabajo humano es consecuencia directa de la variedad concatenada del factor productivo Tierra, la enorme variedad y transformación de los instrumentos de capital es consecuencia de las dos anteriores y –a la vez- potencia y acelera la complementariedad en la variedad del Trabajo y de la Tierra. Todo ello lo hacemos para tratar de dilucidar qué consecuencias puede tener esa característica de la variedad y de las diferencias complementarias del Trabajo y del Capital sobre la productividad en las leyes económicas básicas.
El trabajo se ocupa de «agentes naturales» para crear capital que luego se utiliza para multiplicar la productividad en colaboración con la tierra y el trabajo. Aunque el capital es creación previa del trabajo, una vez que existe es empleado por el trabajo para incrementar la producción.[1]
Crusoe debe producir antes de poder consumir. Sólo respetando esta secuencia le es posible el consumo. En este proceso de producción,  de transformación, el hombre moldea y modifica el entorno natural para sus propios fines, en lugar de verse simplemente determinado, como los animales, por este entorno[2].
En la naturaleza hay continuos cambios sustanciales y accidentales. El universo está transformándose continuamente engendrando[3]nuevos seres[4] a partir de los anteriores con capacidad de hacerlo en diversos modos y maneras, y ello tanto en el ámbito del macrouniverso como en los ámbitos universales más diminutos e imperceptibles de la interacción microcuántica. Ese  proceso continuo de transformaciones substanciales y accidentales es causado por una inmensa variedad de agentes con capacidades y cualidades adecuadas que actúan e interactúan -en muchas ocasiones al unísono- para hacer realidad la concreta fisonomía del universo con la que cada generación humana se encuentra.
En ese ámbito de la transformación dinámica del microcosmos y del macrocosmos podemos distinguir las transformaciones naturales que son ajenas a la acción humana y las transformaciones artificiales cuyos protagonistas han sido y son mujeres y varones de todos los tiempos y geografías mediante su acción coordinada a través del trabajo en orden a ese poder sobrevivir, vivir y mejor vivir. El trabajo es la causa eficiente[5]en el proceso de producción del valor económico. Aquella tendencia del pensamiento económico que daba lugar a la considera­ción exclusiva de la Tierra como causa material, y prácticamente úni­ca del valor es una simplificación errónea intolerable en todo análisis econó­mico. El trabajo[6]humano, causa activa eficiente -que tiene siempre presentes los fines a los que su actividad productiva se dirige- es el factor  fundamental ya que –además-  en él se incluyen también la empresarialidad y la investigación, la invención  y el desarrollo.
Bien podemos entender entonces la economía como ese proceso dinámico, acumulativo y expansivo en valor que consiste en la transformación ordenada de la materia generación tras generación de cara a una vida mejor[7]y proporcionadamente más adecuada para el mayor número de personas[8].  Es esa lucha constante por erradicar la pobreza en todos sus aspectos. Éste es uno de los grandes objetivos que la humanidad está tratando de alcanzar desde los siglos originales perdidos en el tiempo.
Ese proceso de transformación de la materia en múltiples direcciones transformando sustancias y accidentes sólo se puede realizar a través del  trabajo humano y haciendo uso de los instrumentos de capital cada vez más sofisticados. Es el proceso de trabajar con inteligencia actuando tanto en el ámbito del trabajo manual como en el del trabajo intelectual y en el de la reflexión científica e investigadora despertando y haciendo realidad materializada las enormes potencialidades que se encuentran a nuestra libre disposición en la Naturaleza.
El trabajo añade algo que sobrepasa lo que ha hecho la naturaleza, madre común de todo (…)
   Al descubrir los recursos de la tierra, al aprender a utilizarlos y, en especial, al transformarlos mediante una remodelación más utilizable, Crusoe -según una frase memorable de John Locke- “mezcló su trabajo con el suelo” (…)[9]
El Trabajo es el multifacético  proceso de acción humana tratando de  convertir algo que es  lo que es ahora en acto en otra realidad que estaba en la naturaleza como potencia. Se trata de actuar acertadamente sobre algo que era una cosa pero que bien podía llegar a ser otra distinta y que pensamos nos podía servir mejor que la anterior para nuestras pretensiones inmediatas o futuras. Se trata de activar las causas idóneas para que hagan su aparición los efectos deseados[10].  Es el proceso de transformación artificial que influye muchas veces en las transformaciones naturales –y viceversa- que pilotado por el trabajo humano manual, intelectivo y de reflexión coordinada se desarrolla siempre en el tiempo y en el espacio, y donde, por lo tanto, la localización y el instante temporal de conjunción de causas es clave para poder hacer surtir los efectos pensados intencionalmente.
El trabajo es lo que es, con independencia de todas sus circunstancias ambientales o técnicas. Es el resultado del esfuerzo y de la inteligencia del hombre para modificar la naturaleza y desarrollar las potencialidades que residen en cada individuo. Es siempre, por ello, realización personal y contribución social, se produzca de una forma u otra, en un lugar o en otro.[11]
El trabajo es el factor imprescindible –causa eficiente- para activar diariamente el continuado proceso de capitalización de la realidad material que está como dijimos en continuo cambio interactivo, aparentemente caótico pero –de hecho- siempre con distintos grados de ordenación muchas veces aún desconocidos. En este sentido, bien podemos asegurar hoy en día que la economía es como una gran red de internet -no virtual sino real- que está interactuando desde los siglos más remotos y que perdurará en su interacción hasta el final de los tiempos. Es una macro red de redes microscópicas donde lo micro interactúa[12]constantemente y donde cada persona[13]ha sido, es y será un complejo  ordenador y transformador vivo y creativo, un gran descubridor de la naturaleza que aparecía a sus ojos y con la que tenía que convivir y  -adaptándose a ella para conocerla y mejorarla- adaptarla a sí mismo y a los suyos para poder cumplimentar las necesidades que diariamente van surgiendo y alcanzar sus objetivos y preferencias. El trabajo humano es pieza clave -y siempre será escaso[14]– en la puesta en marcha de esa interacción real en redes asimétricas expansivas.
Cualquier trabajador agrícola, industrial, o del sector servicios –también del sector de los servicios financieros- es un artesano que juega y recrea la Naturaleza  tratando de reordenar todo el desorden material y espiritual en aquella parcela concreta y especializada de la realidad económica[15]. Y el trabajo aplicado sobre lo propio, sobre lo que está en cada momento a nuestra disposición, es necesario siempre tanto en el nivel personal como en el familiar o el social. La acción humana en el trabajo es un continuo y continuado diálogo fructífero con la materia y con la naturaleza para que nada quede ocioso[16]. La economía se puede comprender entonces mejor si la consideramos como un puente que une el mundo físico material y el intramundo espiritual y en el que las dos orillas están continuamente observándose y estudiándose. La economía práctica y la ciencia económica ejercen una función de mediación imprescindible entre las ciencias de la naturaleza en las que predomina lo material más rígido y predeterminado y las ciencias humanas en las que predomina lo espiritual más flexible y libre. Porque, como muy bien señalaba  Rothbard:
Este proceso, este método, necesario para la supervivencia y la prosperidad del hombre en la tierra, ha sido a menudo ridiculizado como excesivo o exclusivamente “materialista”. Pero debe quedar bien en claro que lo que acontece en esta actividad específicamente humana es una fusión de “espíritu” y materia: la mente humana, al utilizar las ideas que ha aprendido, dirige su energía transformadora y remodeladora de la materia por caminos que sustentan y elevan sus necesidades y su vida misma. Al fondo de todo bien “producido”, al fondo de toda transformación de los recursos naturales efectuada por el hombre, hay una idea que dirige el esfuerzo, hay una manifestación del espíritu.[17]
Esa transformación creadora concatenada a través del trabajo humano es la que intentamos representar  con la función de producción y con la frontera de posibilidades de producción así como con tantas y tantas estadísticas sobre  crecimiento económico así como con índices de todo tipo más o menos sistemáticos. Es difícil no caer en errores de simplificación a la hora del diseño de índices e hipótesis estadísticas a la hora de reflejar toda la riqueza de la variedad inmersa en ese proceso de transformación que se verifica en el tiempo diariamente y año tras año sin solución de continuidad.
Al percibir esa enorme variedad de la Naturaleza –y su complementariedad, tal y como estudiamos en el capítulo primero- nos damos cuenta rápidamente que para transformarla y recrearla al modo humano son necesarias tareas especializadas en todos los campos, lo que implica aumentar a su vez la riqueza de la variedad complementaria en el ámbito de la división de tareas del trabajo humano. Y la necesidad de la especialización complementaria -y su correlato imprescindible que no es otro que la conveniencia  y necesidad del intercambio- tienen que estar presentes en toda aproximación teórica al fenómeno económico.
Conviene demostrar que la división del trabajo es tan primario como la sociedad misma, es decir, que no cabe sociedad sin división del trabajo, o bien, que la división del trabajo no acontece históricamente a partir de una situación social anterior en la que existiese. Por eso mismo, la división del trabajo no está llamada a desaparecer en una culminación de la historia. Frente a las conjeturas fantásticas sobre el origen de la sociedad y frente al irrealismo de la utopía, se ha de sostener que la división del trabajo no es una fase histórica antecedida o seguida por otras fases en que no se dé, y que cualquier atenuación de ella, en vez de conducir a la humanidad hacia más altas cotas, deprime el ejercicio de las capacidades del hombre.[18] 
En todos y cada uno de los sectores de actividad productiva que sirve a las necesidades y deseos humanos, la especialización y diversificación hacen posible que la variedad de productos para satisfacer una misma necesidad general se incremente cada vez más haciendo lotes de bienes y servicios cada vez más diversificados y personificados con la originalidad en cuerpo y espíritu de cada persona humana. Ese profundizar cada vez más en una u otra dirección hace que la riqueza inmensa encerrada en cada porción de la realidad sea descubierta y activada en orden a la satisfacción y cumplimiento cada vez más sofisticado de cada preferencia de los hombres en cada una de las etapas de su desarrollo espiritual y corporal. Para cumplimentar cada perentoriedad aparece un abanico de bienes o servicios cada vez más personalizado y circunstanciado también en espacio y tiempo.


[1[1] Murray N. Rothbard, Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; pp. 42

[1] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad, Pág. 61.
[1] Para entender mejor cuál era el significado de la palabra «naturaleza» en los tiempos medios, resulto útil acudir a la etimología. Elvocablo tiene en su origen semántico un doble aspecto. «Natura» procede del participio pasivo –natus- del verbo nascor, nacer. Nascor proviene a su vez de «gena», engendrar. Es decir, lo que surge y nace, lo que es engendrado. El término naturaleza equivale, pues, a natividad, a nacimiento, a generación de los vivientes, en cuya raíz se encuentra el cambio, la mutación, el devenir. Significa, en consecuencia, dos cosas a la vez. Por una parte, la existencia de un principio con fuerza suficiente para engendrar, para hacer nacer, para crear; por otra, la cosa acabada, el resultado, lo engendrado en su totalidad.  Rodríguez Casado, Vicente,  Orígenes del capitalismo y del socialismo contemporáneo. Madrid: Espasa-Calpe, 1981; p. 40.
[1] Cabe destacar a modo de ejemplo paradigmático la diversidad sustancial complementaria de varón y mujer. El hombre nace sexuado y es esa misteriosa  complementariedad sexual la que hace posible la generación y  la reproducción.
[1] Al analizar la causa material del valor económico veíamos que las realidades corpóreas cambian de forma, se transforman en una deter­minada dirección, sólo en virtud de un principio extrínseco a ellas que actúa sobre las mismas. De por sí son una causa pasiva. Se precisa que la materia sea conducida hacia la adquisición de una nueva forma determinada. No basta con la materia, es preciso el trabajo.
El estudio de las causas materiales del valor lleva naturalmente a la consideración de la causa eficiente. La causa eficiente, además, es prioritaria a la causa material, ya que ésta no podría ejercer su influjo causal sin el previo ejercicio de la causa eficiente. El trabajo humano es la causa activa, mientras que el factor productivo sobre el que actúa es la causa pasiva.
[1] La importancia del trabajo como causa eficiente del valor y del progreso económico ha sido patente a lo largo de la historia del pensamiento económico.
«El objetivo del pleno empleo fue expresado en los albores del mercantilismo por John Hales, quien escribió que el Estado debería adoptar medidas tendentes a asegurar “una gran abundancia” de bienes, y que esto exigía el empleo en el campo y las ciudades de todo aquel que estuviera capacitado para trabajar.
«La importancia del empleo fue expresada por William Petty (1662) en su conocida proposición de que a medida que aumenta la población de la nación aumenta su riqueza en mayor proporción».
Otras importantes figuras del Mercantilismo como William Tem­ple (1671), Nicholas Barbon (1690), Josiah Child (1690), Sir Dudley North (1691), Charles Davenant (1695), John Law (1720), John Cary (1745), Josiah Tucker (1750), el Obispo Berkeley (1751) o Malachy Posttlethwayt (1759), destacaron con inequívocas afirmaciones que el trabajo humano es causa prioritaria de la riqueza de un país; que la mejora en el empleo y en la laboriosidad del trabajador favorece el crecimiento económico, que el incremento de la oferta monetaria tiene como efecto importante aumentar el empleo y por tanto la riqueza, que el tamaño de la población es factor decisivo en la capa­cidad económica de un país, que la mayor parte de las medidas de política económica se explican dando por supuesto que el pleno em­pleo es el objetivo fundamental para alcanzar un mayor poderío económico.
Posteriormente, y a partir de Adam Smith, Ricardo y Marx, las teorías del valor trabajo comenzaron a dado importancia exclusiva en la creación del valor y dominaron durante un siglo el pensamiento económico.
A la importancia indiscutida y a su influencia preponderante en el pensamiento económico posterior de la obra de Adam Smith tene­mos que hacer responsable, casi tanto como a Ricardo y Karl Marx, del dominio de la teoría del valor-trabajo en el orbe económico hasta el último tercio del siglo XIX. En cambio, sus predecesores escoceses, Gershom Carmichael y su maestro Francis Hutcheson, que recogieron la tradición aristotélica a través de Grocio vía Puffendorf, anticiparon el análisis dual de «ambas hojas de las tijeras», de Marshall y consideraron también los elemen­tos básicos de utilidad y escasez.
[1] Ésa es, por lo tanto, la tarea de toda actividad económica: contribuir en su esfera a conseguir una cada vez mayor humanización de la naturaleza y de los hombres. Ello implica una revalorización del fin (el individuo) sobre los medios (objetos). Se precisa una revalorización de los fines últimos frente a los medios, que se supone deben ser servidores de aquéllos. El fin es prioritario, en este caso, al origen. El hombre debe ocupar un puesto más elevado frente a las cosas materiales. Invertir el orden de prelación convierte la relación del valor en negativa. La dirección del valor es de la realidad material como más inferior, como medio, hacia el ser humano personal como superior, como fin. Si la relación cambia de sentido, si lo material es el fin y el hombre el medio, el valor económico se convierte en antieconómico. Es tratar de ver el mundo al revés.
[1] Al observar la enorme variedad y disparidad de las necesidades, deseos y aspiraciones humanos y al observar los múltiples caminos que llevan a la consecución de esas necesidades y deseos; al constatar con el avance de la civilización humana que cada vez más y más diversas idoneidades son descubiertas y puestas en acción para la consecución de los fines humanos, surge espontánea la consideración de que esos bienes no creados por el hombre pero que llevan incorporados a su modo de ser tantas utilidades con respecto al ser del hombre, existen, precisamente, para ser idóneas al hombre, quien ha de elaborarlas (trabajarlas) en orden a que el hombre esté cada vez más humanizado.
[1] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad, pp. 48-49 y 66.
[1]Throughout the Essay, Canutillo is concerned with providing a scientific explanation for economic phenomena. His investigations are concerned with establishing cause and effect. Canutillo often expressed the causal relation with the term “natural,” which he used thirty times in the Essay. Fifteen Great Austrian Economists, (Alabama: Ludwig von Mises Institute, 1999), p. 17.
[1] Gray M., Hodson N., Gordon G., El teletrabajo,Madrid: Fundación Universidad Empresa, 1995; p. 12.
[1] Si podemos aprender y descubrir cosas sobre la naturaleza de determinadas cosas o sustancias, también podemos descubrir qué ocurre cuando éstas interactúan o interaccionan. Supongamos, por ejemplo, que cuando una cierta cantidad de X reacciona con una cantidad dada de Y se obtiene una cierta cantidad de otra cosa, Z. Podemos entonces afirmar que el efecto Z ha sido causado por la interacción de X e Y. Así es como los químicos han descubierto que si dos moléculas de hidrógeno interaccionan con una de oxígeno, el resultado es una molécula de una nueva sustancia: agua. Todas estas entidades o sustancias (hidrógeno, oxígeno, agua) tiene propiedades específicas, naturalezas susceptibles de ser descubiertas e identificadas.
Los conceptos de causa y efecto, por tanto, forman parte del método o procedimiento de análisis propio de la ley natural. Los sucesos que acontecen en el mundo pueden retrotraerse hasta las interacciones de entidades específicas. Puesto que las naturalezas están dadas y son identificables, las interacciones de las diversas entidades pueden ser replicadas bajo las mimas condiciones. Las mimas causas producirán siempre los mismos efectos.  Rothbard, Murria N., Historia del pensamiento económico. Vol. I. El pensamiento económico hasta Adam Smith, (Madrid: Unión editorial, 1999), p. 32.
[1]   Es una simplificación decir que sólo se realiza una acción en cada instante. La realidad es mucho más compleja, completa y armónica. A la vez, inmersos en la dinámica del tiempo, realizamos multitud de acciones: con los dedos, la boca, las manos, los pies, el pensamiento, el gesto, la mirada,… etc. Cada postura nuestra sugiere un algo a cada quien que nos contempla y a cada uno de los que conociéndonos no nos ve sino que nos imagina y piensa o no en nosotros. La ropa que nos viste, su color, su talle y su textura sugiere sin querer mundos distintos en este o aquél que nos observa con más o menos fijación. En cada instante, creyendo realizar una única acción, nuestro cuerpo y toda nuestra persona destella, sin querer y sin saber, un sin fin de visiones circunstanciales que son germen de otro sin fin de acciones en nosotros y en los demás.
[1] La praxis tiene ojos buenos y penetrantes, y de ‘lo que se ve’ no desaprovecha absolutamente nada. Pero, precisamente, no se ve todo. Y con cierta frecuencia se oculta ‘lo que no se ve’, la cara opuesta, justamente el verdadero y decisivo ser de las cosas. Pongo un ejemplo entre muchos. Lo que se ve por doquier son trabajadores en paro. La primera impresión es que existe ‘demasiada mano de obra’. Lo que no se ve, aunque debería verse, es que, en realidad, resulta demasiado poca la mano de obra disponible; y resulta demasiada poca cuando se la compara con la dimensión de nuestras necesidades y nuestras obligaciones sociales. ¿Por qué se dejan sin hacer tantas obras necesarias y útiles? ¿Por qué no se construyen de golpe todas las líneas de ferrocarril y todos los canales navegables por los que desde hace años y siglos existe una tan justa y elevada demanda? ¿Por qué las máquinas y los instrumentos de nueva invención no se producen en cantidad suficiente para que se puedan servir de ellos hasta el último obrero o agricultor, en lugar de que éstos tengan que utilizar, como están haciendo ahora, un instrumental anticuado e inadecuado? O para expresarlo de modo breve y directo: )por qué no se produce el doble o el triple de todo lo que es necesario para la vida, de lo cual está abastecida sólo muy deficientemente la enorme mayoría de nuestros compatriotas, de tal modo que se pudiesen cubrir todas las deficiencias y se pudiese poner fin a cualquier necesidad?. La respuesta a todas estas preguntas es tan sencilla como ésta: “Porque, al fin y al cabo, hay demasiado pocas manos”. Von Böhm-Bawerk, Eugen. Ensayos de Teoría Económica, Volumen I, La Teoría Económica. Unión Editorial – Madrid, 1999, pág. 135. 
[1] Como ya expliqué en una obra anterior, los valores están por así decirlo ínsitos y latentes en el ser de las cosas esperando a ser descubiertos mediante la especulación y extraídos por la actividad productiva del ser humano ayudado de cada vez más sofisticados instrumentos productivos.  La unidad en la diversidad del ser de las cosas se transmite a los procesos productivos estimulados por las demandas en los distintos mercados, y éstos  la transmiten a toda la ciencia y la actividad económicas. La unidad complementaria del pensamiento económico deriva de la unidad complementaria e integradora del libre mercado. Esa armonía activa, creativa y enriquecedora, cuando es captada por la inteligencia gracias a su libre capacidad de objetivar la realidad, se transmite a  la acción económica a través del trabajo que tiene en cuenta los fines. Este trabajo humano ejerce su acción sobre la materia extrayendo como he dicho su “vocación humana”. Cfr. José Juan Franch, Fundamentos del valor económico, Madrid, Unión Editorial, 1990.
[1] ¿A que nos referimos con precisión cuando decimos que un recurso, o una unidad de un recurso, permanece «ocioso»? Definimos la ociosidad por su opuesto; un recurso está ocioso cuando no está «en la tarea», cuando no está «empleado». En términos más generales podemos decir que un recurso está ocioso cuando no se utiliza para producir valor que de otro modo podría producir. Buchanan, James M., Ética y progreso económico, Barcelona: Ariel Sociedad Económica, 1996; p. 120.
Tomado del primer capítulo del ensayo breve  TRABAJO EN RED  Y PRODUCTIVIDAD TECNOLÓGICA CRECIENTE

REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA

                           
1.- Sobre la naturaleza de la riqueza y de la pobreza.
La economía es una ciencia radicalmente necesaria para todos. Y ello es así porque la actividad económica es una tozuda necesidad cotidiana[1]que encuentra su fundamento en otras muchas variadas exigencias concretas  -no inventadas, sino reales- que la naturaleza humana manifiesta diariamente y a lo largo de toda nuestra vida. Siempre estamos en tensión de mejora económica. Los apremios sentidos por cada uno nos mueven a actuar para eliminarlos. Y teniendo en cuenta las características peculiares de la persona –y que son[2]las que son[3]– la actuación humana generalizada se dirige hacia los bienes materiales[4], consciente de que allí se encuentra el material para solventar esos apremios y esas inquietudes.
Siempre hemos sabido y todos sabemos que necesitamos continuamente de bienes[5]diversos y proporcionados para conseguir mejorar en ese intento renovado de alcanzar una cierta plenitud de vida. Nos son imprescindibles para sobrevivir[6]en un primer nivel de urgencia y también son necesarios para vivir con cierta normalidad y estabilidad[7]. También aquellos que pretenden conseguir un mayor grado de sofisticación en ese vivir cotidiano saben que tienen que recurrir a ellos para poder conseguirlo.  Queramos o no dependemos de las realidades materiales –tal y como son[8]en la graduación de sus características- con las que la humanidad se encuentra generación tras generación en la naturaleza y que no han sido creadas por ella pero si transformadas y adaptadas aplicando su trabajo y su saber en orden a conseguir un más adecuado progreso en su caminar terreno. También dependemos de las realidades materiales para la consecución de bienes inmateriales[9]y espirituales como la música, el estudio o la misma actividad investigadora[10]por ejemplo. Toda la humanidad tiene una relación de dependencia con respecto a esa riqueza[11]inabarcable del universo de la naturaleza en toda su variedad del reino mineral, vegetal y animal[12].
Como hecho natural, Crusoe es dueño y propietario de sí mismo y de la extensión de sí mismo dentro del mundo material. Nada más y nada menos[13].
El correlato de esa relación de dependencia es la relación[14] de conveniencia[15] idónea[16]que toda esa inmensa riqueza natural –que los economistas englobamos simplonamente en el concepto de factor productivo Tierra- tiene respecto a los apremios, preferencias y necesidades o aspiraciones humanas[17]. Esa relación de conveniencia no es una regla meramente cuantitativa, no es puramente matemática; no es exacto que 1 + 1 = 2.  Keynes comentaba sobre Marshall:
Marshall vivía todo eso con una vehemencia que no era compartida por todos sus alumnos. Las matemáticas preliminares eran para él un juego de niños. Su deseo era entrar en el vasto laboratorio del mundo, escuchar su estruendo y distinguir las diferentes notas, (…)[18]
En la economía real, no teórica, la norma es la norma que nos marcan los apremios de la naturaleza humana[19]y, por tanto, la única lógica es la lógica de la naturaleza humana. Esa norma y esa lógica marcan las dosis, combinaciones, formas, calidades y medidas de los distintos bienes y servicios; y a producir esos bienes y servicios últimos con esas dosis, combinaciones, formas, calidades, proporciones y medidas se adecuan los distintos medios de producción[20]en cada etapa productiva.
Una primera y más directa consecuencia de lo anterior es que el importante concepto de productividad económica tiene mucho que ver –en sí mismo considerado- con la proporción humana y por lo tanto con el crecimiento proporcionado[21]. Si la riqueza no es algo puramente material[22]sino que es una relación de conveniencia a los objetivos humanamente considerados por cada uno de los protagonistas de forma subjetiva la productividad tendrá que ser medida por ese incremento de relación proporcionada.
Luego el núcleo fundamental de la actividad económica práctica y teórica no es otro que tratar de incrementar y mejorar esa relación de conveniencia a la persona humana[23]de las realidades materiales[24]que están a nuestra disposición en cada momento. Eso entiendo que es la riqueza y eso entiendo que es –por lo tanto- el  valor[25]económico[26]: una relación real [27]de conveniencia última[28], complementaria, concreta y futura de los  bienes  valorados a los  objetivos –también complementarios, presentes y futuros-   de los  usuarios finales.
Así lo hemos definido otras veces y sobre ello entiendo que no se ha investigado aún lo suficiente. En concreto no se ha analizado con suficiente interés y profundidad esa característica de la realidad material natural y de la realidad de la persona humana que es su variedad complementaria siempre cambiante, interdependiente  e inabarcable. Ello implica un sin fin de consecuencias sobre las valoraciones que cotidianamente hacen miles de millones de personas distribuidas por toda la geografía. Luegotodo ello afecta continuamente a ese lenguaje de la economía que es el sistema de precios en los distintos mercados libres cada vez más interdependientes. A través de ese sistema de precios todos estamos continuamente valorando[29]y estimando el futuro con el gran dinamismo que hace posible el cálculo económico.  Esa variedad complementaria en competencia dinámica genera una productividad creciente en valor y ha sido siempre, es y casi con toda certeza seguirá siendo –incluso aún con más relevancia- el motor del progreso y del desarrollo económico.


[1] Marshall  en sus Principios de Economía definía la Economía como el estudio de las actividades del hombre en los actos corrientes de la vida; examina aquella parte de la acción individual y social que està íntimamente relacionada con la consecución y uso de los requisitos materiales del bienestar. Así, pues, es, por una parte, un estudio de la riqueza, y, por otra -siendo ésta la màs importante-, un aspecto del estudio del hombre.
[2] Si la concreción original de los distintos bienes reales es una característica predominante en la consideración del valor, mucho más lo es la concreción del sujeto término humano del valor. Se hace necesario profundizar en la riqueza original de esa concreción, sin hacer abstracciones simplistas de su naturaleza y sin establecer modelos de comportamiento humano generalizados y homogéneos que nos distancian de la concreta individualidad de cada ser humano.
[3] «en todos estos asuntos (los economistas) consideran al hombre tal cual es, no como un ente económico abstracto, sino como un ser de carne y hueso». MARSHALL, Principios de Economía, Aguilar, Madrid 1963, p.24.
[4] «Lo primordial, a nuestro entender, es la comprensión de la conexión causal entre los bienes y la satisfacción de las necesidades humanas y de la relación causal más o menos directa de los primeros respecto a las segundas». MENGER, op. cit., p. 53.
[5]  «Para que una cosa se convierta en bien, o, dicho con otras pala­bras, para que alcance la cualidad de bien, deben confluir las cuatro condiciones siguientes:
            1. Una necesidad humana.
            2. Que la cosa tenga tales cualidades que la capaciten para mantener una rela­ción o conexión causal con la satisfacción de dicha necesidad.
            3. Conocimiento, por parte del hombre, de esta relación causal.
4. Poder de disposición sobre la cosa, de tal modo que pueda ser utilizada de hecho para la satisfacción de la mencionada necesidad» MENGER;  (op. cit., p. 48).
[6] Daniel Defoe nos relata los pensamientos de Robinson Crusoe, único superviviente del naufragio de su barco, al llegar a «su» isla, y que tantas veces ha sido utilizado por los economistas para expresar sus ideas con sencillez en una situación de actividad humana aislada:
«Pensé que mi situación era horrorosa; porque estaba mojado y no tenía ropas para secarme; sentía apetito y no disponía de nada para comer; estaba sediento y no tenía nada que beber; me hallaba débil y no contaba con qué fortalecerme… La noche se echaba encima y empecé a meditar cuál sería mi suerte si aquella tierra cobijaba animales feroces… El único remedio a todo eso era encaramarse a un árbol de espeso ramaje semejante a: un abeto, pero espinoso, que se alzaba allí cerca y en el que decidí pasar toda la noche… Me alejé un cuarto de milla de la playa en busca de agua dulce para beber, y tuve la suerte de encontrada, lo cual me produjo gran contento». DEFOE, Robinson Crusoe, Orbis, Barcelona 1988, p. 40.
[7]La mejora primero se prevé, pero en la misma obra de Defoe se manifiesta su logro, alcanzando una situación más desahogada y su deseo de estabilizarla. Robinson comenta: «No empleaba ya el tiempo en cosas vanas y a veces pesarosas, sino que quise dedicarlo en adelante a introducir en aquel género de vida todas las mejoras posibles». DEFOE, op. cit., pp. 40-56
[8] «Los economistas somos muy aficionados a desligar nuestras categorías científicas de  la vulgar base material sobre la que se revelan en la realidad, para elevadas al rango de ideales libres y con existencia propia. El “valor” de los bienes, por ejemplo, se nos antoja algo demasiado noble para estar adherido siempre a bienes materiales, como encarnación suya. En vista de ello, libramos al valor de esa envoltura indigna y lo convertimos en un ser con existencia propia, que sigue sus propios caminos, independiente y hasta contrario a la suerte de su vil portador. Hacemos que el “valor” sea vendido sin el bien y que el bien se enajene sin su “valor”; hacemos que los bienes se destruyan y que su “valor” perviva y, por el contrario, que los “valores” perezcan sin que sus portadores sufran detrimento alguno. Y consideramos también algo demasiado simple aplicar la categoría de capital a un montón de bienes materiales. En vista de ello, desligamos esa categoría de estos bienes y convertimos el capital en algo que flota sobre los bienes y que sobrevive aunque las cosas que lo forman desaparezcan». BOHM-BAWERK, Capital e interés, FCE, México 1986, p. 509.
[9] En primer lugar y frente a Smith, Say apunta que todo trabajo es «productivo», no sólo el incorporado a los objetos materiales. En efecto, Say observa brillantemente que todos los servicios de los factores de producción, ya sea la tierra, el trabajo o el capital, son  inmateriales, aun cuando pudieran manifestarse en un objeto material. En suma, los factores aportan servicios inmateriales al proceso de producción. Dicho proceso, tal y como señaló Say por vez primera, no es la «creación» de productos materiales. El hombre no puede crear la materia; sólo puede transformarla en diferentes formas y moles con el fin de satisfacer más plenamente sus necesidades. La producción es este mismo proceso de transformación. De acuerdo con el sentido de dicha transformación, todo trabajo es productivo «porque concurre en la creación de un producto», o dicho de modo metafórico, en la creación de «utilidades». Si, como puede suceder, se ha consumido trabajo sin ningún beneficio final, entonces el resultado es un error: «capricho o despilfarro en la persona que aporta» el trabajo.  Murray N. Rothbard., Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; p. 41.
[10] Como el ser humano es un compuesto intrínsecamente interdependiente de materia y espíritu resulta que, como escribía Millán Puelles en Economía y Libertad, para alcanzar objetivos inmateriales, como por ejemplo la investigación científica o el disfrute de la música, necesita de mediación de objetos materiales; y al revés, incluso en la satisfacción de sus necesidades más materiales se inmiscuye un cierto acento inmaterial, estético por ejemplo.
[11] Los bienes a valorar  están en un extremo y las necesidades y objetivos humanos en otro. En economía un extremo se estudia en cuanto referido al otro. El valor es, por tanto, una relación y, en concreto, una relación de conveniencia.
Es una relación entre sustancias, entre el resto de sustancias y los seres humanos. Si falla alguno de los extremos, la relación no existe y el valor económico desaparece. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.
[12]«a aquellas cosas que tienen la virtud de poder entrar en relación causal con la satisfacción de las necesida­des humanas las llamamos utilidades, cosas útiles». MENGER, op. cit., p. 47.
[13] Murray N. Rothbard, La ética de la libertad Pág. 67.
[14] Jevons fija el modo de ser de la utilidad en una relación: «Quizá sea más exacto describirla como, tal vez, una circunstancia de las cosas que surge de su relación con las necesidades humanas». JEVONS, The Principies o/ Economics, Augustus M. Kelley, Nueva York 1965, p.53.
[15] Esa dependencia del hombre con respecto a las cosas materiales es la raíz del valor económico. Esa relación de dependencia del hombre da lugar a que surja, recíprocamente, una relación real de conveniencia de las cosas materiales al hombre: «Resulta ahora claro que la existencia de necesidades humanas insatisfechas es la condición de todas y cada una de las Güterqualitä­ten, de donde se deriva el principio de que los bienes pierden su Güterqualität tan pronto como desaparecen las necesidades para cuya satisfacción servían dichos bienes».  Menger.op. cit., p.18
[16] El concepto de idoneidad implica el concepto de lo mejor, lo más útil, lo más eficaz; mejoría y máximo que no tiene en sí el concepto de utilidad y que al referirse a términos económicos, de elección entre varias alternativas con maximización de outputs y minimización de inputs, es importante. Lo idóneo implica lo más útil si ultimamos el concepto de utilidad, lo más eficaz si ultimamos el concepto de eficacia, lo más bello si ultimamos la belleza.
[17] El valor económico es la utilidad o mejor idoneidad de los bienes, y por tanto, consustancial a ellos, pero a su vez es una relación. El valor económico, en cuanto relación, es una ordenación de una cosa a otra. Una orde­nación, en último término, de una cosa al hombre, a sus necesidades, a sus objetivos. No tiene otro ser que el de dirigirse a su término; es la mera orientación hacia el hombre, es un «hacia el hombre», una tensión.
[18] Keynes, John Maynard, Ensayos biográficos. Políticos y economistas. Barcelona: crítica, 1992; pp. 198-199.
[19] En síntesis, el valor de los factores viene determinado por el valor de sus productos, el cual es conferido a su vez por las valoraciones y demandas del consumidor. Para Say y para los austriacos tardíos la cadena causal discurre de las valoraciones del consumidor hacia los precios de los bienes de consumo, y de ahí hacia la formación de los precios de los factores de producción (es decir, hacia los costes de producción). Por el contrario, la cadena causal smithiana, y en particular la ricardiana, parte del coste de producción, en concreto del coste del trabajo, y discurre hacia los precios de los bienes de consumo.  Murray N. Rothbard., Historia del Pensamiento Económico. Volumen II: La economía clásica. Madrid: Unión Editorial, 2000; p. 42.
[20] Conduce a posible error por ejemplo el propio nombre de  Producto Nacional Bruto. En vez de hablar de valor del producto, simplificamos diciendo producto. Parece, entonces, que el P N B es una medida de la producción física de bienes, cuando, en realidad, hablamos del valor, expresado en valores de cambio de  los bienes producidos. Puede incluso aumentar la producción cuantitati­va, física, de bienes y no aumentar sino disminuir su valor de cambio o su utilidad subjetiva expresada por sus precios o viceversa. Lo importante es la proporción y no lo es tanto el crecer en términos de mercancías físicas, sino que  lo importante empieza a ser en muchas ocasiones la calidad, la adaptación mayor o menor a los fines de quienes valoran o de quienes ya poseen determinados bienes. No se trata tanto de producir más, sino de producir mejor y usarlo de forma más idónea.
[21] El crecimiento en términos de producción física no necesariamente lleva al crecimiento del valor económi­co como relación de conveniencia de las realidades materiales al hombre. El crecimiento es un rasgo esencial de la vida y, en este sentido, todo el mundo cree en él. Pero la cuestión principal es darle a la idea de crecimiento una determinación cualitativa en la que muchas cosas debieran crecer y muchas otras disminuir. El punto central, a la hora de hablar de progreso es determinar cualitativamente qué es lo que determina y significa el progreso.
[22] Martín Niño, con respecto a estas visiones de la economía, señala que “Las dos objeciones fundamentales son el hecho de que no sólo los bienes materiales contribuyen al bienestar de los hombres, y el que el concepto de riqueza es equívoco, puesto que no puede referirse a las mismas cosas en todos los tiempos y lugares, sino que únicamente tiene sentido en función de la valoraciones que establezcan los consumidores.” Sin una adecuada explicación del significado de riqueza o de bienestar material se cae, en todo este tipo de definiciones, en la limitación de la Ciencia Económica al estudio de las necesidades materiales cuando vemos que existen acciones humanas “económicas” que tienden a satisfacer necesidades inmateriales o cubren un aspecto no material de la riqueza, como pueden ser, por ejemplo, la actividad de un camarero o la de una empleada doméstica.
[23] Al ser una relación real, afecta intrínsecamente a la sustancia valorada determinándola por referencia a la persona humana. El valor económico posee una esencia propia que determina a la sustancia de un modo original.
Por ello se puede afirmar que el valor es a la vez una realidad y una noción. Es realidad en cuanto se identifica absolutamente con la realidad del objeto que valoramos (con respecto a una cualidad o propiedad del ser en cuestión). Su realidad coincide con el objeto a valorar; si dicho objeto se destruye, desaparecerá, a su vez, su valor. La valía de algo conviene al hombre que la valora, que la estima, y esa relación de conveniencia es captada por la inteligencia, pero no creada por ella. El valor económico que tiene su fundamento en la realidad de la cosa valorada no se ordena realmente a la inteligencia o a la voluntad del hombre, sino, al revés, son la inteligencia y la voluntad del hombre las que se ordenan al descubrimiento del auténtico valor económico. El valor no depende de nuestro conocimiento ni de nuestra voluntad, ya que las cosas valen en la medida en que tienen realidad, no en cuanto que son conocidas o apetecidas.
El valor económico, por lo tanto, no se crea, sino que se descubre. Descubriendo esa capacidad de relación humana que tienen las distintas cosas, el hombre trata de reconducir y extraer esas capacidades que se dirigen hacia el cumplimiento de las finalidades humanas.
[24] La dirección de la relación en que consiste el valor es desde los bienes materiales hacia el hombre, y no al revés. Los fines están en primer lugar. Si cambiamos el orden de prioridades en la relación en vez de revalorizar la realidad, nos desvalorizamos nosotros. En vez de aumentar el grado de humanización de las mercancías, aumenta el grado de materialización de los humanos.
[25] El valor económico no es ni el sujeto de la relación ni su término, sino algo por lo que aquél se orienta a éste. El valor de algo podemos decir que es su grado de humanidad. Su capacidad de servir al hom­bre, de serle útil.
      De una mesa podemos decir que es alta, que es blanca, que pesa mucho, que está en el comedor, que está entera…; y también pode­mos decir que es útil, que tiene determinado valor, que es estimable. El valor económico es algo, en definitiva, que predicamos de las cosas con referencia, en relación, al hombre.
Las distintas cosas que componen el universo no constituyen pie­zas aisladas, sino que forman entre ellas una complicada red de inte­rrelaciones diversísimas: unas son semejantes a otras, unas son efecto de otras, unas dependen de otras, unas están más coordinadas entre sí que otras, etc. Cuanto más coordinadas con los objetivos humanos estén, más valor tienen; cuanto más posibilidades de coordinación, mayor relación tendrán.
El valor económico, al ser una relación, no afecta a la cosa que valoramos según lo que es en sí misma, sino que es simplemente una «referencia al» hombre. Es un ser hacia el hombre o un ser respecto al hombre. Es como un salir de sí hacia otro que en último término siempre es un ser humano. El valor económico es un puro «respecto al hombre», pero que no condiciona su ser en la actualidad. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.
[26] Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.
[27] El valor económico es una relación real, no de razón. Está fundamentada en la realidad del objeto origen, de los objetos complementarios y en la del sujeto término. Si uno de los extremos no es real, sino imaginado, no existe valor. No es una relación de razón, no es una relación entre conceptos, ni una relación entre extremos irreales. Es una relación fáctica en cuanto se fundamenta en seres reales. Los entes reales se diferencian de los entes de razón en que aquéllos tienen verdadera entidad, mientras que los entes de razón son meros entes pensados, sin densidad óntica, como dirían los filósofos. En este sentido, el valor económico tiene una existencia comprobable por cuanto los sujetos inicial, complementario y final de la relación son entes materiales.
Por ello no se puede afirmar que los valores económicos sean simples formas subjetivas, mentales, meramente pensadas para enlazar fenómenos de experiencia, sino que, por el contrario, constituyen formas reales ligadas a la captación de objetos reales. El valor econó­mico va ligado necesariamente a las cosas reales. No es algo en sí,  sino  que  es  una  afección,  un  modo  de  ser de éstas y por tanto no existe sin ellas. Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.
[28] Esa relación real de conveniencia está insita en el sujeto origen, pero implica un «respecto» al sujeto término, y, por tanto, la utilidad de algo tiene siempre una referencia última a dicho sujeto. La valoración de los distintos medios de producción, por ejemplo, siempre tiene una referencia última a los bienes de consumo final.
Un producto terminado tiene un valor mayor que otro inacabado porque tiene un mayor grado de relación con el hombre. Los pro­ductos intermedios tienen un valor derivado del valor de los productos terminados que ayudan a producir. En el desarrollo del proceso ambos se encuentran supeditados entre sí ya que «la necesidad de bienes de orden elevado se halla condicionada por nuestras necesidades de bienes de primer orden». (MENGER, op. cit., p. 35). Cfr. Franch, Fundamentos del valor económico, capítulo I Sobre la naturaleza del valor económico.
[29] En las respuestas a tres grandes preguntas sintetiza Enrique Fuentes Quintana la valoración práctica para intentar juzgar la efica­cia con que funcionan los diversos sistemas económicos: «1) ¿Cómo han valorado -con arreglo a qué criterios- los diversos economis­tas la administración de los recursos escasos de la sociedad humana? 2) ¿Puede contribuirse con estos criterios valorativos utilizados por los economistas al hallazgo de una mejor organización de la convi­vencia económica? 3) Finalmente, ¿son científicamente admisibles los criterios de valoración utilizados, y, si es así, cómo pueden con­trastarse?». FUENTES QUINTANA, E., Prólogo a Teorías de la Economía del Bienestar, de Myint, Instituto de Estudios Políticos, Madrid 1962, p. VIII.
 
                                          

 
Tomado del primer capítulo del ensayo breve  REDES Y PRODUCTIVIDAD EN LA NATURALEZA